La analogía como unificación

       “El objetivo de la ciencia contemporánea es encontrar un esquema simple susceptible de ser escrita que dé una descripción abreviada del mundo basada en leyes unificadoras; una teoría unificada que estructure el conocimiento científico en un gran sistema coherente. Sin embargo, el problema de encontrar una teoría unificada radica en que la ciencia se mueve todavía en la visión disgregada de la realidad, porque solo se limita a las cosas físicas. Para alcanzar una visión más integrada es necesario tener en cuenta las descripciones holísticas y transdisciplinares, que incluyen el mundo viviente, la mente, la creatividad, la cultura, los valores y la espiritualidad. Vistas así las cosas, el modelo holográfico de la realidad puede constituir otro intento de conciliar lo pequeño con lo grande. La clave consiste en tener en cuenta su dinámica a lo largo de los niveles de la estructura fractal del universo. Como el generador en lo físico de la estructura fractal del universo es la proporción áurea del nivel cuántico, esta puede considerarse crucial en la gestación de una teoría unificada, ya que permite inferir la razón entre dos extremos a lo largo de todos los niveles de la realidad. Es más, tal vez la proporción áurea sea la relación analógica que mejor se adapte al tercero incluido que relegó la ciencia formal. Y el hecho de que todo parezca vincularse mediante relaciones analógicas hace que la proporción áurea constituya el entrelazamiento que permite integrar las dos teorías del universo. Esta idea novedosa responde a las expectativas del Dr. Jan Boeyens, de la Universidad de Pretoria, y Francis Thackeray, de la Universidad de Witwatersrand, quienes señalan que la proporción áurea (o analogía) es tan ubicua en la naturaleza y en el universo que se puede usar para integrar la relatividad general y la teoría cuántica en una teoría unificada. Asimismo, gracias a la analogía recurrente, se puede construir una historia elegante que describa la evolución del universo de manera sencilla y bella:

       En el inicio del universo podemos encontrar una expansión de naturaleza fractal de la energía primordial disponible en los campos cuánticos del vacío. Las teorías de la unificación postulan que antes del período inflacionario, cuando el universo era una singularidad muy densa y caliente, todas las fuerzas formaban una única superfuerza, y la materia no existía. Solamente había un vacío lleno de un campo de energía primordial (o campo de Higgs). Asimismo, las diferentes dimensiones espaciotemporales coexistían en un mismo estado de simetría. Esto se puede deber al hecho de que el período de inflación estuvo caracterizado por un estado de máximo entrelazamiento o simetría. Durante la inflación la temperatura del universo fue bajando gradualmente, y a medida que se enfriaba el campo de energía del vacío fue fragmentándose, lo que hizo que se pasara de una situación simétrica donde las fuerzas solo eran una, a una situación de asimetría donde eran diferentes. Esta situación de asimetría vino producida por un gran colapso o ruptura de simetría, que separó la energía primordial en dos fuerzas, la fuerza de gravedad y la fuerza electronuclear. En ese preciso instante, la fuerza electronuclear volvió a escindirse en dos fuerzas: la fuerza fuerte y la fuerza electrodébil (fuerza débil y electromagnética). La ruptura de simetría de las cuatro fuerzas fundamentales también hizo que se manifestaran las cuatro dimensiones perceptibles (tres dimensiones espaciales y una temporal). Desde entonces comenzó la flecha termodinámica del tiempo, y, con ello, el aumento de la entropía.
       La fuerza de la gravedad se ha de entender dentro de la dinámica de ruptura o fractalidad del campo de energía primordial, como consecuencia de la adición recursiva a gran escala de la curvatura de la geometría del espacio-tiempo producida por los estados vibratorios del entrelazamiento a pequeña escala. Cuando el sistema de fuerzas a pequeña escala alcanza ciertos umbrales críticos de energía, generalmente relacionados con los efectos gravitacionales a nivel cuántico, los estados vibratorios del entrelazamiento se colapsan, provocando rupturas espontáneas de totalidades, con los consiguientes saltos de las distintas fuerzas universales. Esto significa, esencialmente, que las fuerzas fundamentales de la naturaleza se originaron a partir de los fenómenos cuánticos/holográficos del universo, surgieron del colapso inmediato de la simetría del entrelazamiento cuántico en una jerarquía progresiva de niveles emergentes, donde cada nivel formaba parte de otro aún más conectado. En este proceso la gravedad cuántica se acopló a la coherencia del entrelazamiento, que se fue retroalimentando hasta generar una energía gravitacional tan grande que produjo una ruptura de la simetría cuántica a gran escala. Razón esta que sugiere que la gravedad se origina a partir de los fenómenos cuánticos del universo como una emergencia de su alta entropía. Y aunque parezca separada de las demás fuerzas por la acción de su propiedad emergente, en realidad está unida a ellas a través de un campo subyacente responsable de las interacciones no locales del entrelazamiento cuántico.

       Según el modelo cosmológico estándar, el universo comenzó con un estado ordenado de baja entropía en donde todo estaba unificado, lo que nos revela la armonía, simetría y belleza del universo en sus inicios. Pero conforme se empezó a expandir y enfriar se fue precipitando hacia un estado desordenado de alta entropía debido a las sucesivas fragmentaciones del campo de energía primordial. A partir de entonces las fuerzas fundamentales, hasta entonces unificadas, comenzaron a dividirse bajo un principio dual de fractalidad. El período de la inflación vendrá marcado por una multitud de fluctuaciones del vacío cuántico, que se fueron amplificando enormemente en una minúscula fracción de segundo. Debido a las altas temperaturas, esas fluctuaciones eran inestables, causando que los pares de partículas, las partículas y las antipartículas, se aniquilaran con rapidez en un pequeño estallido de luz, hasta desaparecer de nuevo en el vacío que las originara. Cuando la temperatura disminuyó, el campo de energía se fragmentó en un campo electrodébil. Esta ruptura espontánea de simetría conferirá masa a una gran cantidad de partículas elementales, que pudieron materializarse gracias a que muchas fluctuaciones consiguieron sobrevivir a la gran aniquilación y estabilizarse. Fue entonces cuando el campo electrodébil se dividió en la fuerza nuclear débil y la fuerza electromagnética.
       La fragmentación de la energía primordial del Big Bang en la era electrodébil produjo la aparición de dos clases de partículas elementales cuya función de onda no permitía fácilmente la coherencia cuántica. No obstante, si tenemos en cuenta que el Big Bang partió de una singularidad en donde todo estaba unido, podemos concluir que todas estas partículas permanecen conectadas de manera no local, aunque sus vínculos físicos hayan desaparecido. Esas dos clases de partículas son los fermiones, que conforman la materia, y los bosones, que son los responsables de transmitir las fuerzas fundamentales. Los fermiones son partículas que persisten en mantener su individualidad, ya que presentan una forma de vibración cuya función de onda es asimétrica. Esto hace que estas partículas estén determinadas por la física clásica. Son contrarias a las partículas bosónicas o partículas mediadoras, como los fotones, que tienen la propiedad de entrar en un estado unitario de vibración extendido a lo largo de un campo electromagnético-cuántico, que es un estado de coherencia o superposición de estados. Esta cualidad de estar en coherencia cuántica depende de que el estado de vibración que describe su función de onda sea simétrica.
       Los fermiones aparecieron gracias a dos partículas elementales: los leptones y los quarks (y sus correspondientes antipartículas). Ambas partículas difieren entre sí, ya que los leptones pueden presentarse aislados, mientras que los quarks están en grupos para formar otras partículas llamadas hadrones. Los hadrones se presentan a su vez en dos variedades: los mesones, integrados por un quark y un antiquark; y los bariones, que están constituidos por tres quarks, como los protones y neutrones que forman el núcleo atómico. Según la variedad de sus masas, los leptones y los quarks se suelen clasifican en tres generaciones, cada una formada por dos tipos de quarks y dos tipos de leptones. La materia ordinaria que nos rodea forma parte de la primera generación. Se cree que el resto de partículas, los de la segunda y tercera generación, aparecieron al principio de Big Bang, pero fueron decayendo en otras partículas menos pesadas y más estables. Esas otras partículas son los quarks llamados u y d (de up, arriba, y drown, abajo) y el leptón llamado electrón (con carga negativa). Con dos u y un d se construyeron los protones (cargados positivamente) y con un u y dos d se formaron los neutrones (que tienen carga neutra). Los protones y los neutrones son hadrones que constituyen dos estados de una misma partícula denominada nucleón, de tal manera que un neutrón puede transformarse en un protón más un electrón y viceversa. Los electrones y los nucleones son partículas fermiónicas que interaccionaron con sus antipartículas por medio de las cuatro fuerzas fundamentales, que son trasmitidas por los bosones cuando interactúan con los fermiones. A través de esas interacciones los electrones y los nucleones se combinaron entre sí para crear los primeros átomos de materia bariónica, y con ello se produjo la disociación o desacoplamiento entre la radiación y la materia.

       Antes la radiación luminosa estaba unida a la materia, porque los electrones estaban libres e interactuaban con los fotones, lo que impedía que la luz se propagara libremente. Como la luz no podía propagarse con libertad el universo entero era opaco. Pero con la expansión el universo se enfrió, y al enfriarse permitió que se formaran átomos neutros, los cuales atraparon a los electrones para crear átomos. En ese instante se produjo la separación o desacoplamiento de la radiación y la materia, lo que hizo que el universo se volviera transparente a la luz. Esa radiación emitida en el desacoplamiento se denomina hoy radiación de fondo de microondas. Uno de los principios fundamentales de la cosmología es que el universo considerado a gran escala se distribuye de forma uniforme en lugar de irregular, por lo que este hecho descartaría la hipótesis de una estructura de naturaleza fractal. Para que el universo sea fractal debe existir una autosemejanza en todas las escalas de observación. Pero resulta que la mayor parte de los cosmólogos asumen que por encima de estas escalas el universo se torna uniforme y, por consiguiente, no es un fractal verdadero. No obstante, recientes observaciones sobre la radiación de fondo de microondas y las posiciones de las galaxias indican que la materia del universo, tanto oscura como visible, no se reparte uniformemente a gran escala, sino que presenta pequeñas fluctuaciones de densidad que hace que se distribuya de forma irregular. En las regiones más densas aparecen nodos situados entre largos y delgados filamentos. Por el contrario, en las regiones menos densas existen inmensos vacíos desprovistos de materia. El total de las fluctuaciones de densidad de materia configura una estructura fractal que se repite sistemáticamente en un rango bastante amplio de escalas. Esta distribución autosimilar se vuelve a observar en la aglomeración jerárquica de los nodos, que están hechos de galaxias, que se agrupan entre sí para formar cúmulos, que a su vez forman supercúmulos, los cuales se agrupan juntos hasta configurar las grandes estructuras filamentosas.
       Como muchas formas naturales, la estructura fractal de nuestro universo visible no es infinita, pues acaba allí donde termina su horizonte cosmológico. Más allá de sus fronteras existirían los niveles fractales de otros universos invisibles que estarían superpuestos al nuestro. Esos niveles se corresponderían con los cuatro niveles del multiverso que el cosmólogo Max Tegmark ha clasificado, los cuales van difiriendo entre sí conforme ascendemos por la escala, es decir, se comportan como fractales locales con distintas dimensiones o multifractales. El primer nivel está formado por universos con leyes físicas y constantes iguales a las nuestras, incluso similares o ligeramente diferentes, ya que tendrían un origen común. Por encima de este nivel existiría otro en donde los universos tendrían orígenes propios. Esto hace que las constantes y leyes sean muy distintas a las nuestras. El siguiente nivel implicaría las infinitas ramificaciones fractales del multiverso, y más allá de este nivel existirían otras posibilidades matemáticas y geométricas. El multiverso fractal sería el resultado de la autosimilitud de un Universo a lo largo de diversos niveles. Por ser fractal es un multiverso de interrelación entre el caos y el orden, lo múltiple y lo uno, es decir, es esencialmente dialéctico.

       Según las investigaciones, nuestro universo exhibe una distribución de materia autosimilar a lo largo de todas las escalas. Esta autosimilitud ya se puede rastrear en su historia evolutiva. Cuando la temperatura del universo disminuyó, los quarks se pudieron combinar en grupos de tres para formar los protones y neutrones. Poco después, se unieron a su vez para constituir los nucleones de hidrógeno y de helio. Y en el transcurso del desacoplamiento de la radiación y la materia estos nucleones fueron apresando a los electrones para crear los primeros átomos de la tabla periódica, los átomos de hidrógeno y helio, que están compuestos respectivamente por un protón y dos protones. El hidrógeno y el helio producidos en el Big Bang se fueron acumulando en gigantescas nubes interestelares de gas. Con el tiempo, estas nubes se concentraron en los pequeños halos de materia oscura, alrededor de los cuales empezaron a comprimirse por efecto de su propia gravedad, dando lugar a los filamentos que observamos a gran escala. En las regiones más densas, en aquellas en donde los filamentos se entrecruzan, las grandes extensiones de gas se fueron fragmentando aún más sobre sí mismos, es decir, comenzaron a comprimirse a costa de otras regiones menos densas, de manera que se colapsaron en conglomerados que actuaban como centros de atracción gravitatoria. Cada centro se condensó hasta formar protoestrellas y luego estrellas. Ellas se encargaron de crear los siguientes átomos de la tabla periódica a partir de las reacciones de fusión nuclear, sujetas a la competición de fuerzas contractivas y expansivas. Al ir consumiendo el combustible de hidrógeno y helio, las estrellas morían en grandes explosiones, expulsando esos átomos hacia el espacio en forma de gas, átomos que volvían a colapsar bajo los efectos de la gravedad para crear nuevas estrellas y planetas.
       Con el tiempo, las estrellas se reunirán en sistemas de estrellas binarias o múltiples dentro de galaxias, y las galaxias se congregarán en cúmulos y supercúmulos galácticos. Todos estos sistemas están conectados al universo mediante filamentos, los cuales conforman una especie de entramado tridimensional que sirve como andamiaje del universo visible, y cuyo papel principal es mantener la unión del todo con las partes. Tales filamentos están constituidos por gran parte del gas y la materia oscura del universo. Cada galaxia está rodeada de un halo de materia oscura, cuya masa está en relación con la masa del agujero negro primordial que hay en su centro. Las galaxias crecen formando estrellas a partir de estos halos, y son alimentadas por el gas que se distribuye a lo largo de los filamentos. Este gas forma parte de los campos magnéticos de plasma que envuelven a los planetas, estrellas y galaxias. Todo el espacio cósmico y el interior de las estrellas están en estado de plasma, un gas ionizado que reacciona fuertemente a los campos electromagnéticos. El plasma se forma cuando los átomos de un gas han perdido uno o dos electrones con carga negativa, dejando a los átomos con una carga positiva. En el momento en que se separan los electrones de los núcleos atómicos, entonces ambos componentes son libres para moverse a través de los campos magnéticos que existen en todo el universo. Algunos físicos, como Alfvén y sus seguidores, creen que el plasma gaseoso forma parte de la estructura filamentosa del universo. Dicha estructura estaría alimentada por corrientes eléctricas que se desplazan por el espacio a lo largo de dos filamentos trenzados, también llamadas “corrientes de Birkeland”, que interactúan entre sí. Las corrientes que se mueven en la misma dirección se atraen y las que se mueven en direcciones opuestas se repelen. Las estrellas y casi todos los planetas que las rodean, tienen una envoltura de plasma cuya dinámica está dirigida por un campo electromagnético en forma de toroide. Por ejemplo, los cinturones de Van Allen es una zona del campo magnético de la Tierra donde se concentra el plasma. Las corrientes de Birkeland, al llegar a las proximidades de los campos magnéticos que circundan los astros, quedan retenidas en sus capas, describiendo movimientos en espiral que van desde un polo magnético del toroide hacia el otro. Conforme describe esos movimientos, se van produciendo efectos cuánticos, como la superposición (partículas que pueden estar situadas en varios lugares a la vez) y el entrelazamiento (partículas que están ligadas a pesar de la distancia), lo que hace que todo el sistema se relacione de forma coherente.

       Los filamentos del universo están bordeados por grandes espacios vacíos que se dividen en otros vacíos más pequeños que pueden contener una o dos galaxias alineadas, formando cadenas, de modo autosemejantes a la estructura a gran escala del universo. Todos estos niveles del vacío no están vacíos en absoluto, sino llenos de una energía que hace que constantemente aparezcan y desaparezcan partículas virtuales de un modo fugaz. La energía oscura tiene su origen en las dimensiones adicionales de estos vacíos, como resultado de la acumulación de las pequeñas fluctuaciones de las partículas virtuales del vacío. Ya que la gran mayoría de la materia se reúne en los filamentos, allí existe una atracción gravitatoria muy fuerte. Sin embargo, los vacíos contienen muy poca materia, por lo cual la gravedad es mínima. Precisamente, debido a la baja densidad de materia y menor gravedad, estas regiones vacías tienen un comportamiento menos caótico, y dada su naturaleza de baja entropía existe un gran campo ondulatorio que se extiende de forma no local. Esto es así porque la energía oscura que contiene crea un campo con efectos cuánticos, de modo que puede interconectar todas las cosas en la escala del universo entero, a diferencia de la materia oscura, que ejerce su influencia en las escalas más locales. La teoría de la relatividad parece funcionar bien en las regiones filamentosas, donde los campos gravitatorios se hacen evidentes; mientras que la física cuántica se adapta mejor a los grandes espacios vacíos, donde predomina los campos electromagnético-cuánticos, y donde probablemente resida la causa de la aceleración de la expansión cósmica. Recientes investigaciones realizadas por Amy Barger, de la Universidad de Wisconsin-Madison) y Ryan Keenan proponen que nuestra galaxia está justo en los límites de un vacío cosmológico. Cerca de este vacío los filamentos de su alrededor tiran gravitacionalmente de nuestra galaxia, lo que ayudaría a resolver las discrepancias que existen a la hora de medir la velocidad con la que se expande el universo.
       La estructura fractal del universo ha sido el producto de las relaciones entre la expansión cósmica y la gravedad a lo largo de su evolución. Como en los vacíos cósmicos prevalece la acción de la energía oscura, la expansión es más rápida que en los filamentos, que ofrecen mayor resistencia a la expansión. Tras el período de la inflación el efecto antigravitatorio de la energía oscura se fue desacelerando y debilitando en relación con el efecto de la gravedad de la materia. Sin embargo, el movimiento de desaceleración se fue transformando paulatinamente en un movimiento de aceleración. Debido a que el universo se ha ido acelerando desde entonces, la cantidad de energía oscura ha sobrepasado la cantidad de materia oscura, por lo que la expansión es tan fuerte que contrarresta la contracción. No obstante, con el paso del tiempo el efecto gravitatorio de la materia oscura podría aumentar y hacer que el universo se contrajera hasta producirse una contracción universal o una singularidad de la que surgiría un nuevo Big Bang. En este caso la dinámica del universo describiría un modelo cíclico de contracción/expansión. En caso contrario, el universo acabaría en una expansión eterna en la que dominaría la entropía del sistema, por consiguiente, se excluiría la posibilidad de un Big Crunch y, por tanto, de un universo cíclico.

       La oscilación entre la repulsión de los campos electromagnético-cuánticos y la atracción de la gravedad otorga a nuestro universo un movimiento que hace que los vacíos y los filamentos sufran continuas fluctuaciones. Los valores de esas fluctuaciones tienen una diferencia marcada por una proporción que regula el crecimiento del universo en base a la entrada y salida de materia-energía, dentro de una retroalimentación cíclica por la cual las densidades se compensan constantemente. En las dimensiones de los grandes vacíos se crean pares de partículas virtuales, antipartículas y partículas, que empujan hacia fuera el contenido del universo. Generalmente estos pares de partículas se atraen hasta aniquilarse mutuamente, pero también pueden repelerse entre sí. Como resultado de la repulsión, las antipartículas se confinan en los campos electromagnético de los vacíos cósmicos y las partículas son expulsadas de sus centros hacia las estructuras filamentosas. Allí se produce el colapso por acción de la atracción gravitacional, del cual surgiría la materia visible. La materia oscura se encargaría de organizar esa materia en grupos fraccionados con diferentes tamaños, hasta que la gravedad la hace colapsar finalmente en un estado máximo de singularidad. Aquí es donde tanto el espacio-tiempo como la materia-energía son engullidos y preservados. Este ciclo se completa cuando el flujo del espacio-tiempo que se dirige hacia la singularidad de los agujeros negros se curva hacia las dimensiones adicionales. Entonces se produce una forma de rebote cuántico en el centro que convierte el agujero negro en su inverso temporal, que es un agujero blanco. A partir de esta conversión, la atracción gravitacional se transforma en energía repulsiva, y todo lo engullido es expulsado hacia otras regiones vacías de nuestro universo, incluso hacia otros universos, para convertirse en los bloques de construcción de otras galaxias, estrellas y planetas, completando así el ciclo de retroalimentación.
       Los datos experimentales muestran que la proporción entre las densidades de energía oscura y materia oscura son similares en la actualidad, por lo cual ambos fenómenos se equilibran. Los cosmólogos piensan que ese equilibrio es altamente improbable, de manera que lo han llamado el problema de la coincidencia cósmica, que es un problema relacionado con el ajuste fino. Una posible solución al problema de la coincidencia cósmica es que entre la energía y la materia oscura existe una relación de simetría cuyos valores están finamente ajustados según la proporción áurea. Dicho esto es posible admitir que las leyes físicas y constantes fundamentales del universo tienen el valor justo para la evolución de los sistemas complejos porque las proporciones a gran escala se equilibran bajo un valor cercano a phi. Esta proporción primordial está incorporada, no solo en las propiedades físicas de la materia-energía que componen el universo, que manifiestan indicadores de autosemejanza en todas las escalas, sino también en los componentes primarios de la conciencia, que incluyen los arquetipos metafísicos enraizados en la idea de proporción, como la belleza, la bondad y la verdad. Los agujeros negros preservarían esos patrones geométricos de manera comprimida en la esfera-horizonte que los rodea. Tales patrones podrían haber derivado de la información proveniente de otros universos, lo que significa que el universo anterior tendría leyes y constantes matemáticas semejantes al nuestro. No obstante, el Universo no está supeditado a dichos patrones, razón que hace que se manifieste creativamente en todos los niveles fractales del multiverso.

       Los fenómenos opuestos de expansión y contracción provocados por la energía y la materia oscura producen la jerarquización que se observa en la estructura del universo. La cosmología cuántica sugiere que estos fenómenos derivan de las fluctuaciones cuánticas presentes en el inicio del universo, que se amplificaron durante el período de inflación, lo cual significa que la estructura del universo ya estaba trazada desde sus orígenes. A pequeñas escalas, el sustrato del tejido espacio-temporal es una estructura fractal que fluctúa contrayéndose y expandiéndose debido al principio de incertidumbre. Este fenómeno permite la existencia de dimensiones adicionales, de donde se originaría la energía expansiva del período de inflación. Dado que las fluctuaciones cuánticas del vacío son pequeños fragmentos de espacio-tiempo que se contraen y se expanden, a medida que el universo comenzó a expandirse el proceso de retroalimentación cíclica en el flujo de los campos fue amplificándose hasta impulsar los procesos dinámicos de contracción y de expansión del universo. Lo que empezó como una pequeña diferencia ondulatoria de densidad terminó convirtiéndose en regiones con baja y alta densidad de materia, dando como resultado la estructura fractal del universo a gran escala. Las regiones más densas fueron atrayendo la materia, mientras que las menos densas la fueron perdiendo. En las zonas de baja densidad los efectos electromagnético-cuánticos formaron grandes vacíos que han ido expandiendo la estructura filamentosa desde arriba hacia abajo; en las zonas de alta densidad la materia se agrupó en una jerarquía desde abajo hacia arriba, desencadenando una reacción en cadena de colapso por efecto de la gravedad y las propiedades materiales del gas, hasta formar estrellas, galaxias, cúmulos, supercúmulos y la estructura que se extiende como filamentos. Dado que existe una relación entre la gravedad y la curvatura de la geometría del espacio-tiempo, esto explicaría porqué la materia de las regiones más densas se desarrolla produciendo estructuras fractales.
       La materia y la energía oscura son producto de las fluctuaciones cuánticas del campo gravitacional y electromagnético-cuántico en el origen del universo, que son manifestaciones amplificadas de la naturaleza dual de la luz. La doble naturaleza de la luz permite la contracción de los cuerpos y la expansión entre los mismos. Desde el punto de vista holográfico, los campos de fuerza gravitacional y electromagnética están entrelazados simétricamente en el tejido espaciotemporal del universo por medio de un campo holográfico en forma toroidal, que se corresponde con el horizonte de sucesos de un gran agujero negro. En el toroide se dan los procesos dinámicos de contracción (producción de fuerza gravitacional) y de expansión (producción de fuerza electromagnética) debido al efecto Coriolis. La fuerza de la gravedad se genera cuando la geometría del espacio-tiempo se curva y fragmenta infinitamente hacia el centro del sistema, y el electromagnetismo se produce cuando la fuerza centrífuga cerca del centro permite que la fuerza se expanda. El toroide pulsa entre la decoherencia de la gravedad y la coherencia del electromagnetismo. La una conduce al aumento de la entropía, que está ligada al grado de desorden de un sistema; la otra a la baja entropía, a mayor grado de orden. El origen de la estructuración y complejidad creciente de los sistemas del universo se explica por la interacción entre la gravedad y el electromagnetismo, un vínculo entre la alta entropía (ruptura de simetría o decoherencia) y la baja entropía (simetría o coherencia). La alta entropía está determinada por la dimensión temporal y las tres dimensiones espaciales conocidas, mientras que la baja entropía por las dimensiones adicionales que no podemos ver. El espacio-tiempo es la región tridimensional que se curva hacia estas dimensiones adicionales, formando singularidades.
       Como la masa gravitatoria en el universo y, también el espacio-tiempo, exigen fases de contracción en donde el desorden crece, y el campo electromagnético requiere fases de expansión en donde aumenta el orden, la relación entre la gravedad y el electromagnetismo está correlacionada con las singularidades de los agujeros negros y blancos. La materia, así como el espacio-tiempo, es destruida en las singularidades de los agujeros negros. Allí se muestra el verdadero efecto desorganizador, y motor de desorden, de la gravedad en su máximo exponente. En la singularidad de un agujero blanco encontramos lo contrario, la creación del espacio-tiempo y de la materia. De hecho, el Big Bang fue un gran despliegue en completo orden, puesto que la entropía fue mínima. Las condiciones relativamente simétricas y continuas del orden del Big Bang fue dando origen a rupturas de simetrías o fracturas de la continuidad del orden originario a medida que el universo comenzó a expandirse en una serie de niveles jerárquicos. Este proceso natural de ruptura dio lugar a nuestro espacio-tiempo, a la materia y a la energía, y desde entonces ha ido aumentando el grado de desorden marcado por la flecha termodinámica del tiempo, que se concibe fluyendo en una sola dirección, desde el pasado hacia el futuro.
       La dirección preferencial del pasado al futuro de la flecha del tiempo proviene de la segunda ley de la termodinámica, según la cual la entropía (es decir, el desorden) aumenta en dirección al futuro, lo que significa que en el pasado, por ejemplo cerca del Big Bang, la entropía tuvo que ser baja. Y si nuestro universo colapsara en un Big Crunch existiría un estado de gran desorden y alta entropía. Sin embargo, la idea de que el universo tiende hacia el desorden queda contradicha, ya que el universo conserva el estado de orden y baja entropía que se originó en la singularidad inicial del Big Bang. Como resultado hay otra dimensión junto a la nuestra que se mueve a través del tiempo en dirección opuesta. Esto es así porque, a nivel cuántico, la flecha temporal se dirige simultáneamente hacia atrás, hacia el pasado, y hacia adelante, hacia el futuro, dando lugar a una simetría e inversión del universo en donde las infinitas posibilidades del tiempo se entrelazan. Todo lo contrario que a nivel macroscópico, donde los procesos sienten predilección por la dirección del tiempo hacia adelante.

       En sus orígenes el universo estaba en un estado de baja entropía. Con el tiempo, la entropía fue aumentando y esto es lo que ha determinado en gran medida la flecha termodinámica del tiempo. La flecha termodinámica afecta a los sistemas cerrados pero es mínima en los sistemas abiertos. Ello se debe al entrelazamiento cuántico, que permite las condiciones para la simetría e inversión de la fecha del tiempo y, por consiguiente, la baja entropía. En el estado inicial de la singularidad del Big Bang, que coincide con las condiciones de su estado final (Big Crunch), todo estaba conectado por fenómenos de entrelazamiento cuántico. La dirección cíclica del tiempo hacia esa singularidad sería la responsable de la organización cada vez más compleja que presentan los sistemas abiertos. De hecho, el alto grado de coherencia de los sistemas complejos depende de esos fenómenos de entrelazamiento. Presumiblemente, la alta coherencia se manifiesta por medio de la geometría de los toroides, cuyos procesos continuos de retroalimentación cíclica generan una jerarquía fractal anidada que permite el entrelazamiento en todas sus escalas. Tales procesos comienzan a nivel subatómico en la escala de Planck, y se dirige por resonancia sincronizada hacia las más grandes escalas.
       El espacio que se extiende alrededor de las galaxias y los cúmulos de galaxias está lleno de partículas entrelazadas. El acoplamiento de dichas partículas se da gracias a la dinámica de los campos toroidales, que permite el entrelazamiento de la gran estructura cósmica. Este entrelazamiento se produce dentro de un sistema complejo de redes cuánticas de comunicación, a través de las cuales se transfiere la información de un lugar a otro velozmente. Son redes escalables, es decir, distribuidas en una serie de jerarquías predeterminadas por la geometría fractal, conformando una especie de inmensa red holográfica que vincula partículas entrelazadas para organizar los diversos elementos del cosmos como un todo. Las grandes agrupaciones del universo, como los supercúmulos y los cúmulos galácticos, que a su vez están formados por galaxias, estrellas y planetas, se forman cuando los patrones de ondas de esas redes cuánticas interfieren entre sí, configurando nodos cósmicos que se van dividiendo en varios niveles escalares. Un nodo cósmico es una estructura fractal con una singularidad espaciotemporal en su centro que provee la conectividad para transferir simultáneamente, no solo energía, sino también información de unos nodos a otros por medio del entrelazamiento. Los estados cuánticos de todas las singularidades del universo crean una gigantesca red entrelazada por agujeros de gusano que convergen y divergen en innumerables centros, interconectando así todos los nodos cósmicos de nuestro universo y del multiverso.
       Los agujeros de gusano del universo vinculan grandes regiones vacías, pero también todos los centros ubicados en los nodos de los filamentos, como los soles y galaxias. Hay quienes opinan que las fluctuaciones cuánticas en los inicios del universo podrían haber conectado esos centros al abrir agujeros de gusano en la estructura del espacio-tiempo. Tales agujeros podrían explicar las conexiones que se dan no solo dentro de nuestro universo (intrauniverso), sino también fuera de él (interuniverso). En nuestra galaxia hay una gran cantidad de sistemas binarios de estrellas, muchos de ellos con una pareja que es un agujero negro. Según afirman Vladimir Dzhunushaliev, de la Universidad Nacional Eurasiática en Zarajstán, y sus colaboradores, estas estrellas poseen singularidades en su interior y, por lo tanto, podrían tener en su centro agujeros de gusano que conectan con puntos distantes del espacio-tiempo, en donde podrían estar sus parejas. Dos estrellas que comparten un agujero de gusano tienen una conexión única que se asocia con la boca de entrada y salida del agujero. Este agujero de gusano contendría un fluido que circula hacia delante y hacia atrás entre las dos estrellas. Según algunos científicos, a través de esas bocas se podría viajar a un punto distante del universo sin pérdida de tiempo, e incluso a universos paralelos. De forma autosimilar, los centros de las galaxias podrían albergar también agujeros de gusano. Así al menos lo creen el astrofísico Paolo Salucci y su equipo, expertos de la Escuela Internacional de Estudios Avanzados de Trieste en Italia, quienes plantean la posibilidad de que haya un gran agujero de gusano en el centro de nuestra galaxia que probablemente podría comunicar con otros universos distantes. Lo que propone Salucci es que el halo de materia oscura que envuelve el centro de nuestra galaxia podría estar implicado en la formación y sostén de este agujero de gusano, aunque este lo estaría ocultando. Asimismo afirma que otras galaxias espirales similares a la nuestra podrían contener otros agujeros de gusano.

       La información entrelazada de la red cuántica de comunicación del universo unifica el espacio-tiempo dentro de un circuito toroidal de energía que está conectado a toroides de diferentes tamaños mediante agujeros de gusano. Ello implica que los nodos cósmicos se conecten entre sí, del mismo modo que en un holograma cada parte de la imagen se entrelaza con todas las demás. Y, presumiblemente, esa información entrelazada de la estructura fractal del espacio-tiempo estaría recogida en el horizonte de sucesos de la esfera generada en torno a la singularidad del Big Bang, de manera similar a la superficie que separa un agujero negro de su entorno. Lo que significa que todo nuestro universo sería un salto emergente de una singularidad que podría haberse originado dentro de un inmenso agujero negro que estaría en otro universo con características similares. Ya que la autosimilitud implica que la totalidad esté contenida en cada parte, las correlaciones cuánticas de nuestro universo surgirían, no solo de la información de ese horizonte cósmico, sino también de cada una de las regiones del espacio-tiempo, cuya información pertenecería al horizonte de sucesos de un agujero negro correlacionado. Desde este punto de vista, podría considerarse que las partículas entrelazadas se definen como un solo sistema cuántico porque el universo entero es no local, y todos sus puntos se conectan de forma instantánea debido a que están correlacionados cuánticamente con la información de un horizonte de sucesos más allá del espacio y del tiempo. Y si dos partículas parecen estar separadas entre sí al colapsar es porque en realidad se perciben desde diferentes niveles fractales del mismo holograma universal. Esos niveles se extienden por las tres dimensiones del espacio (derecha-izquierda, arriba-abajo, delante-detrás) y del tiempo, consecuencia de la tridimensionalidad del universo explicado. Pero el entrelazamiento cuántico que los unifica se produce en las dimensiones adicionales del vacío que permea todo el universo implicado.
       Como parte de un gran fractal cósmico, nuestro universo podría derivarse de un agujero negro que estaría en el interior de otro universo de mayores dimensiones, que a su vez estaría en otro superior. Estos universos son análogos entre sí, en cuanto que sus leyes son similares en ciertos aspectos, pero también diferentes. Si esto es así, y si las leyes de esos universos son similares a las nuestras, eso significaría que cada agujero negro tiene estrellas y otros agujeros negros que podrían contener otros universos. El universo tridimensional que vemos (galaxias, estrellas, planetas, átomos, partículas subatómicas…) sería en realidad el despliegue de la información codificada en la superficie bidimensional del horizonte de sucesos de un agujero negro situado en otro universo, cuyas redes entrelazadas conservan la información, no solo de nuestro universo, sino de los múltiples universos que interaccionan entre sí, formando una especie de holograma multidimensional que se refleja en cada región espaciotemporal del cosmos. Los universos paralelos, origen de la superposición cuántica, surgen de las infinitas posibilidades que brindan los diferentes niveles holográficos del multiverso como totalidad entrelazada, en tanto que los múltiples universos que contiene son parte de mismo sistema autosemejante. En los últimos años, varios físicos, como Howard Wiseman, Bill Poirier y otros, han creado una versión del multiverso en donde cada universo es clásico, es decir, sigue el marco newtoniano, pero interactúan entre sí gracias a una fuerza expansiva que crea efectos cuánticos de entrelazamiento. Esto abre la posibilidad de que la información se transfiera a lo largo de los múltiples universo, de tal manera que pueden evolucionar de forma conjunta como un todo. Precisamente, la física cuántica sería el efecto combinado de una multitud de pequeñas interacciones entre los universos del multiverso. Si no existieran esas interacciones el universo no se comportaría como un todo interconectado, y la física cuántica no podría funcionar.

       El sistema de redes de nuestro universo es un sistema sincrónico de correspondencia, o analogía, que hace posible los procesos de auto-organización de los sistemas complejos. La perfecta simetría y la proporción armónica son expresiones de dicha analogía, y sirven de guía para crear todo lo que existe, el espacio-tiempo, los campos y las partículas. Los sistemas caóticos evolucionan hacia estas proporciones recursivas, lo que permite que exista simetría o proporcionalidad entre las cosas, generando una conexión geométrica de proporciones que vinculan todos los niveles jerárquicos del espacio y del tiempo fractal, desde el microcosmos al macrocosmos. La relación holográfica entre los objetos de un nivel con otro está condicionada por límites proporcionales en base a phi (1,618). Es por ende permisible suponer que el número phi, que encontramos en la proporción áurea y la serie de Fibonacci, funcione como una constante matemática del cosmos, ya que es tan ubicua que parece ser una propiedad intrínseca en la topología del espacio-tiempo. Al ser una dimensión no entera, fraccional, el número phi parece indicar la frontera límite que marca la distancia entre los diferentes niveles de organización del cosmos.
       El espacio-tiempo es un sistema fractal auto-organizado por bucles de retroalimentación que se acoplan en muchas escalas jerárquicas. Se puede concebir como un despliegue de los arquetipos numéricos y geométricos del campo universal manifestados en todos los niveles fractales del universo. Esta estructura fractal del espacio y del tiempo posibilita la transferencia de energía e información dentro de los sistemas complejos. Mediante la autosemejanza, ese espacio-tiempo fractal, basado en el supuesto valor phi, guía las bifurcaciones y sus propiedades emergentes, enlazando sus elementos como un todo. Son iteraciones recursivas capaces de producir estructuras autosimilares en todos los niveles de la naturaleza a través de la resonancia cuántica. En el mundo natural, hay numerosos ejemplos de sistemas en forma de fractales, sucesiones de Fibonacci, proporciones áureas… que siguen una y otra vez el número phi y que dan lugar a formas muy bellas. Por ejemplo, la proporción definida por el número phi se itera continuamente en estructuras orgánicas, como en el ADN, en los virus, en las semillas de los girasoles y margaritas, en el grosor de las ramas de los árboles, en los nervios de las hojas y en su disposición a lo largo del tallo, en las flores y los frutos, en las conchas de los moluscos, en los esqueletos zoológicos, en las dimensiones anatómicas de los seres vivos, en los tornados, en los sistemas solares, en las galaxias, etc., etc., lo cual indica que la estructura del espacio-tiempo parece basarse en este patrón recursivo de autosimilitud.

       La geometría fractal de la naturaleza apoya la apreciación holográfica del universo, ya que el concepto de autosimilitud de la sección áurea y el entrelazamiento son equivalentes, pues ambos se relacionan con la propiedad de la unicidad: la sección áurea armoniza dos segmentos al igual que el entrelazamiento hace concordar dos estados. La autosimilitud es la manifestación del patrón regulador del campo unificado, que se expresa de acuerdo a la proporción áurea, detrás de la cual se esconde la serie de Fibonacci, que establece la relación inteligible entre los fenómenos y las cosas materiales como expresión del entrelazamiento. La proporción áurea gobierna nuestro universo bajo un patrón simétrico afín a los conceptos de recursividad o autosemejanza de la geometría fractal. Precisamente, el entrelazamiento o proporción áurea del campo holográfico es el generador que dicta los parámetros bajo los cuales se configura la estructura fractal de la naturaleza. El universo perceptible podría imaginarse como una fractalización del entrelazamiento a lo largo de los niveles de energía del campo holográfico, ya que los fractales naturales son la manifestación de las rupturas de simetría de la no localidad a lo largo de su despliegue. Esas rupturas de simetría son producto del colapso de sus ondas de probabilidad por el efecto gravitacional a nivel cuántico. Todas las posibilidades cuánticas existen en un momento determinado y tienen su propio campo gravitatorio. Como se requiere mucha energía para mantenerlas a todas, al final colapsan en una única posibilidad, el estado más estable a nuestro universo, que experimentamos como nuestra realidad perceptible. En su proceso las rupturas de simetría provocan catástrofes (bifurcaciones), que llevan al desorden o a un nuevo orden más estable y equilibrado. Los sistemas complejos evolucionan hacia la estabilidad de nuevos atractores, cuya razón es un número irracional cercano a la proporción áurea. El nuevo orden se mantiene en sincronía siempre con la totalidad, con la pregnancia de la buena forma. Ese nuevo orden es un salto abrupto entre una situación de equilibrio a otro, por el cual la naturaleza alcanza la más sublime belleza”.

Fragmento extractado de los Principios de Estética Holofractal. Los contenidos de este blog están inscritos en el Registro General de la Propiedad Intelectual. No se permite la reproducción de los mismos sin el permiso previo del autor.