La cultura emergente

       “En el capítulo anterior se expuso la idea de que, a lo largo de la historia, han existido confinamientos cognitivos como resultado de principios antagónicos. O bien han atendido a la disgregación del conocimiento; o bien a la integración mediante la búsqueda de la unidad. La disgregación es el producto de un observador que analiza, compara, define y categoriza la realidad en pares de opuestos; la integración le da una trama con sentido, además de una interpretación particular al poner en evidencia relaciones intelectuales distantes en la imaginación del lector, buscando más la expresión del mundo interno que la simple exposición de una serie de hechos. Entre estas dos tendencias existe la misma correlación que entre el análisis y la síntesis de la cognición y la percepción.
       Al contraste entre los conceptos disgregados se contrapone la armonía de los integrados. La disgregación da lugar a teorías que mantienen un dualismo inadmisible entre entidades independientes, por lo que produce diferencias muy bruscas en el cerebro y, por consiguiente, en el ser. Aunque estrictamente no coincide con este estado de separación del ser, la noción hegeliana de “alma alienada” puede ponerse en relación con ella, así como la marcusiana de “individuo unidimensional”. En la integración, sin embargo, se producen menos oposiciones porque la presencia de intermediarios formales en la resolución del conflicto es muy grande. En conjunto hay una armonización hemisférica generada por el paso progresivo de un hemisferio a otro y, por tanto, una unión del ser. Desde este estado unificado lo físico y lo psíquico, lo objetivo y lo subjetivo, pueden considerarse como dos caras de la misma moneda. La noción para el ser unificado sería el de “hombre total” de Marx. Estas formas específicas de plantear las teorías del conocimiento y del ser depende de la voluntad del individuo, que está condicionada por la personalidad y la época sociocultural en el que se desarrolla [...].

       Habida cuenta, por tanto, de las inflexiones conceptuales durante la historia del pensamiento humano, a continuación se propone un repaso por algunos de los momentos más significativos, o, en todo caso, los que han supuesto mayores influencias en la investigación posterior. A la hora de realizar este estudio cabe destacar aquellas doctrinas dualistas y monistas más importantes, ya que rebasaría en mucho la intención de este trabajo analizar en profundidad todas las maneras en que se presentan. La doctrina que se contrapone al monismo es el dualismo. El dualismo afirma la existencia de dos sustancias, la material y la espiritual, a diferencia del monismo, que admite solo una, la cual en algunos caso se despliega. En el momento en que el dualismo establece una separación entre la materia y el espíritu, se habla de una realidad de carácter físico o mental. La filosofía materialista, al señalar que toda realidad es de carácter corporal, afirma que lo mental se reduce a lo físico; y la filosofía espiritualista, al estimar que es de carácter psíquico, mantiene que lo físico se reduce a lo mental. En contraposición, el monismo sostiene que la realidad no es ni material ni espiritual, sino que abarca a ambas por igual, en consecuencia, no se puede hablar de una mera reducción. Por poner algunos ejemplos, son dualistas las especulaciones pitagóricas, las religiones del Gnosticismo y del Maniqueísmo, así como el sistema cartesiano; mientras que son monistas Parménides y Spinoza. El dualismo y el monismo son una peculiaridad de los fenómenos que se repiten en todas las dimensiones del conocimiento y en todas las escalas graduales de las cosas. Ambos tipos de fractalidad están en el corazón mismo de los conflictos que han trascurrido a lo largo de las diferentes doctrinas del pensamiento occidental.
       En primer lugar, mencionar que el estudio de la dualidad se remonta a la filosofía de la antigüedad, lo mismo que el de la unidad, aunque no todas las culturas lo han entendido por igual. Del patrimonio cultural que Occidente recibió de la Antigua Grecia, figuraba la primera caracterización del mundo como un sistema compuesto por dos principios imbuidos en un orden superior marcado por la unidad. La filosofía presocrática griega comienza siendo la expresión de ese proceso dual, pues es vista como el paso de lo irracional a lo racional, del mitos al logos. Para los presocráticos, la naturaleza es una totalidad que surge de un origen común, concebido a modo de una especie de “materia”. Con la finalidad de explicar ese origen adoptaron dos soluciones, bien atendiendo al principio de unidad o al de multiplicidad de sus elementos. Diversos filósofos presocráticos se sumarían a uno u otro principio en mayor o menor medida, según los modos de conocer de cada escuela, pero su filosofía mantuvo más o menos un posicionamiento positivo al considerarlos como opuestos que se complementan y que no están necesariamente en conflicto. Entre los filósofos monistas sobresalen Heráclito y Parménides, quienes coincidieron en tratar el problema de la unidad y de la multiplicidad sometida a un constante cambio, pero lo hicieron de diferente forma. Ambos intentaron explicar la realidad en base a un sistema fundamental de principios opuestos, aunque en Heráclito la unidad de esa oposición se encuentra en la realidad, mientras que para Parménides se sitúa en el ámbito conceptual. Por eso Heráclito admite la validez de los sentidos como fuente de conocimiento, en tanto que Parménides prioriza la inteligencia frente a los sentidos, los cuales solo pueden mostrar el cambio, la multiplicidad. Entre los presocráticos pluralistas encontramos a Empédocles y Anaxágoras, quienes intentaron dar explicación al origen del mundo a partir de múltiples partículas, conciliando la unidad y la multiplicidad del pensamiento de Heráclito y Parménides. No obstante, con el tiempo, el pensamiento de Parménides romperá la unidad de Heráclito, llevando al dualismo característico de la racionalidad occidental [...].
       La crisis que dio paso a la filosofía moderna (siglo XVII) revivió una nueva bipartición insuperable de la unidad del mundo, ya no bajo la solución de los problemas subordinados a aspectos ontológicos, sino epistemológicos, puesto que se ocupa del conocimiento y la forma más válida de llegar a él. En este empeño por asegurar la validez del conocimiento se desarrollaron las dos corrientes más fundamentales del pensamiento moderno: el racionalismo y el empirismo. Ambas tendencias pretendían imitar a la ciencia incorporando el método científico en sus especulaciones, pero mantuvieron una contraposición que persistirá a lo largo de toda esa época, ya que el racionalismo incorporó el método deductivo en sus especulaciones, y el empirismo el método inductivo. Para la filosofía empirista el punto de partida del conocimiento es la experiencia, mientras que para la racionalista las ideas innatas. La filosofía racionalista está representada por Descartes, quien pretende ordenar las ciencias tomando como modelo las matemáticas, dentro de un sistema unificado de disciplinas interrelacionadas. Su mecanicismo le lleva a establecer la distinción categórica entre la mente y el cuerpo, entre la naturaleza y el hombre, con la reducción de todo ser a la “res cogitans” (cosa pensante) y a la “res extensa” (cosa con extensión), y, con ello, a la división entre razón y experiencia, entre filosofía y ciencia, que equivale, en parte, a la distinción platónica entre el mundo inteligible y el mundo sensible. Aunque Descartes creyó que existía una interacción entre ambas realidades determinada por la glándula pineal, a medida que fue avanzando la época moderna, tal distinción se fue haciendo cada vez más clara, y, aunque ciertos filósofos del siglo XVII adoptaron doctrinas opuestas (como la monadología de Leibniz) para contradecirla, será el modelo referente predominante en la memoria colectiva posterior, razón por la que influirá en la forma de sentir, pensar y actuar de nuestra civilización; tanto es así que ha impedido vislumbrar el modelo holístico de lo real, que viene expresado por la interacción sistémica entre las partes y el todo. Ello ha conllevado el riesgo de un dualismo extremo en las categorías simbólicas que fragmenta la totalidad del saber en grupos aislados, especializados, cuando también tienen un sentido de unión, algo que el mismo Descartes defendía. Este proceso de especialización ha dado lugar a una gran variedad de disciplinas separadas, sin interacciones disciplinarias, que afecta a la compresión del conjunto. Desde entonces hasta ahora se ha manifestado con mayor intensidad los tres modos de pensar que se supone caracteriza la filosofía occidental, según la predominancia hacia el pensamiento, la extensión o ambos a un tiempo.
       El problema fundamental del conocer del pensamiento moderno se estableció alrededor de la bipartición insuperable de la lógica analítica, que fue fragmentando y especializando cada vez más el conocimiento, materializándolo bajo la noción de disciplinas separadas. A partir de entonces se pudo consolidar el mecanicismo y el dualismo del paradigma simplificante, como resultado del cual se empezó a fundar el conocimiento sobre la oposición de los conceptos, deformando el principio recursivo de la unidad en la diversidad, y la diversidad en la unidad. El concepto mecanicista y dualista trazado por el sistema newtoniano y cartesiano adquirió un significado metódico tan relevante que perduró durante largo tiempo, permitiendo grandes progresos en el conocimiento científico y filosófico. No obstante, esta reflexión filosófica fue preterida poco después por una versión más global en donde se entrelazan todos los dualismos posteriores en un sistema de relaciones. En la época de la Ilustración (siglo XVIII), donde opera paralelamente tanto el racionalismo como el empirismo de los primeros filósofos modernos, se percibe una clara superación categórica por parte de las especulaciones filosóficas de Kant. El pensamiento kantiano se centra en sintetizar los conocimientos procedentes de la razón y la experiencia. Sin embargo, este posicionamiento se enfrentó con el empirismo inglés más radical, una corriente que veda todo pronunciamiento de carácter metafísico en la explicación de los hechos y en la epistemología analítica (separación entre análisis y síntesis, experiencia y teoría, etc.), aquella que terminó por fragmentar aún más el conocimiento, y que fue desembocando en la filosofía positivista, una tendencia que limita el estudio de la realidad a los hechos de la experiencia [...].
       A principios del siglo XX, la reflexión filosófica se encuentra determinada por la crisis de las ciencias inductivas, debido a las nuevas teorías relativistas y cuánticas surgidas en el seno de la física, y por los estragos de las dos guerras mundiales. No fue hasta el siglo XX, con el desarrollo de la teoría de la relatividad de Einstein y la mecánica cuántica, cuando se empezó a considerar la equivalencia entre la díada materia-energía y la díada partícula-onda, y con ello la posible participación de la conciencia en la realidad. La crisis de fundamentos de la ciencia empírica, a raíz de la brecha suscitada por parte de la física cuántico-relativista y el surgimiento de nuevos paradigmas científicos (la teoría holográfica, la geometría fractal, la teoría de caos y la teoría de los sistemas complejos), ha empujado a algunos autores de la nueva ciencia a decantarse hacia el paradigma holístico, el cual busca integrar el conocimiento disgregado pasando de lo disciplinar a lo no disciplinar (inter-multi-transdisciplinar). Y la nueva filosofía se puede articular con los resultados de esa nueva ciencia, ya que ha fortalecido la concepción dialéctica de la naturaleza, lo que permite tender un puente entre los planteamientos enfrentados que la filosofía occidental había separado. Como los fenómenos de la vida parecen estar entrelazados en todos sus gradientes, empieza a superarse el abismo separativo entre subjetividad y objetividad trazado por la modernidad. Esto se manifiesta en la tendencia que hay en el empleo de conceptos como sistemas, complejidad, auto-organización, autosimilitud, fractalidad, campos cuánticos, no localidad, universo holográfico y unidad, que el mecanicismo, el materialismo y el positivismo científico desconocían al priorizar lo parcial y particular. Por último, para acabar con este somero repaso, que lógicamente no puede ser completo, destacar que este pensamiento unitario ha sido característico de la antigua sabiduría presocrática y las filosofías-religiones orientales, que concebían la realidad como un componente de elementos polarizados regidos por la unidad, origen a partir del cual surge la multitud.

       En la época actual, el paradigma mecanicista de la era moderna está comenzando a ser nuevamente debatido por la emergencia vertiginosa de las teorías de los nuevos paradigmas, amparadas bajo los preceptos de la física cuántica y la complejidad. Sin embargo, la posición holística del paradigma de la complejidad está siendo duramente criticada por los integrantes de las nuevas escuelas positivistas, quienes continúan aferrándose a una epistemología fundada en la disgregación del conocimiento, que fractura la visión unificadora del mundo. Por esta razón, nuestra realidad está experimentando una división de caminos entre posiciones culturales juzgadas como incompatibles. Este clima de discusión nos está llevando a un punto de bifurcación del que puede resultar algo pernicioso o algo beneficioso. O bien puede continuar con la oposición del modelo mecanicista, lo que impediría la emergencia evolutiva del saber; o bien puede integrar los conocimientos de las dos concepciones antitéticas mediante la busca de una conciencia de unidad y complementariedad, lo cual puede culminar en la emergencia de nuevas disciplinas más abarcadoras, que superen la fragmentación de la modernidad sin dejar de conservar sus cualidades. En este sentido, una importante élite de la sociedad americana y europea está dando forma a un nuevo paradigma cultural que implica un pensamiento más unificado, amparado bajo una serie de valores compartidos. Esas nuevas élites de creativos están impactando en todos los campos del conocimiento, pero, erróneamente, se confunden con los integrantes del movimiento espiritual de la Nueva Era, porque tienen un interés común: el pensamiento holístico. Por ese motivo son rechazados por muchos filósofos y científicos ortodoxos. Dicha forma de pensar, holística e integral, invita a reflexionar sobre las desavenencias de la filosofía mecanicista, que supone una categorización del mundo que hay que superar. Por este motivo son rechazados por muchos filósofos y científicos actuales. Ervin Laszlo, presidente del Club de Budapest, en su libro “El cambio cuántico” hace referencia a esta élite de vanguardia y denomina a sus integrantes “los culturalmente creativos”. Algunos creativos culturales tienden a rechazar la razón, así como a reaccionar contra lo estrictamente material y empírico, en favor de lo irracional, intuitivo y espiritual, como hace la Nueva Era; y otros no cuestionan la hegemonía de la razón, sino que enfatizan la importancia de ambos aspectos desde un posicionamiento dialéctico, motivo por el cual aspiran a una síntesis especulativa y experimental más compleja. Si los miembros de esta cultura emergente adquirieran conciencia de sí mismos y se organizaran en un grupo concreto, podrían crear un movimiento cultural lo suficientemente potente como para convertirse en un importante agente de cambio que supere el período crítico actual. Pero para llegar a ese cambio es importante que haya una participación recíproca por parte de los grupos creativos de nuestra época”.

Fragmento extractado de Los sistemas complejos y su evolución. Si le interesa adquirir el libro tiene que pinchar aquí. Los contenidos de este blog están inscritos en el Registro General de la Propiedad Intelectual (Núm. solicitud: MU/563/2015). No se permite la reproducción de los mismos sin el permiso previo del autor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>