Conciencia individual

       “Tal y como se ha mostrado en el primer capítulo, el procesamiento de información del cerebro opera de modo sintético o analítico. A ese nivel, el operador sintético se correlaciona con el hemisferio derecho del cerebro y el operador analítico con el izquierdo. Este proceso también afecta a la relación de la conciencia con el orden implícito y explícito de la realidad. La llamada intuición no es más que la manifestación unitaria del orden implícito; esta unificación es consecuencia de la unidad sistémica del mundo. Y la razón una forma manifiesta de la estructura fragmentada del orden explícito; en base a la cual se reduce la complejidad del mundo en las partes simples que lo constituye. De ahí que el hemisferio derecho sea el órgano inteligible más apropiado para aniquilar toda oposición entre el mundo inmaterial y el mundo material, y acceder a la información de lo implicado; en oposición al izquierdo, que se confina al análisis de la realidad explicada, de la que procede las formas de la dualidad. Aunque la estructura fragmentada del orden explícito viene determinada por sus relaciones contradictorias, el intercambio de información de los diferentes fragmentos está condicionado por el campo de la especie humana, que conecta los elementos concretos entre sí y los mantiene sincronizados con el todo. Pero esto no quiere decir que la totalidad y la fragmentación no conserven su individualidad propia. Presisamente, en la conciencia del individuo se da una relación entre el pensamiento (el cognoscente) y el mundo (lo conocido) que incluye relaciones tanto de simpatía como de diferencia, según exista concordancias o discordancias entre las ideas y las cosas.
       El conocimiento del sujeto cognoscente es fruto de una actividad que designa el conjunto de relaciones perceptivas y, en último término, cognoscitivas, que se producen en la mente, tanto en su forma individual como colectiva, gracias al lenguaje. El acervo de los tipos de lenguaje dados por la sociedad conforma una intrincada red, dentro de la cual se forjan los conceptos y sus conexiones. Como las interconexiones son producto de la conceptuación, hay que concluir que el campo humano es un tejido de relaciones entre los seres, las cosas y los acontecimientos consistente en la información, dando lugar a redes complejas que interactúan de muchas formas: relación de una imagen con otras, de cada idea con las demás, etc. Esta información se halla entretejida en una trama de significación que conforma la memoria que comparte nuestra especie, la cual se traduce en hábitos que determinan nuestras conductas y actitudes. Dicha trama no forma necesariamente un conjunto unificado, ya que las categorías del lenguaje escinden artificialmente la experiencia de esos fenómenos, poniendo de relieve tanto los contrastes como las igualdades y semejanzas, lo que implica la diversificación o la unificación. Dicho sea de paso, el hecho de que no podamos referirnos al lenguaje como algo uniforme nos revela que es tan complejo como el mundo, puesto que carece de unos límites bien definidos, aunque delimitados.
       El sistema de organización mental del ser humano participa de una red universal que forma la última trama cognitiva, pues en ella se dan todas las relaciones formales y materiales posibles, en cuanto que engloba una realidad absoluta inabarcable en unos pocos datos aislados. Este tejido es superior al de la conciencia humana, y constituye el modelo de la estructura triádica del cerebro, lo que significa que está compuesto por una unidad dotada de afección, intelección y volición. Por tanto, la trinidad sería una cualidad universal que comparte su semejanza con los procesos mentales en la creación. No en vano, la creación del hombre ha sido comparada muchas veces con la actividad creadora del universo. En ese tejido supraconciente se incluye la idea de una gran Mente Universal distribuida a lo largo de todos los niveles de la realidad, cuya red se caracterizada por tender puentes dinámicos entre lo finito y lo infinito, rompiendo el dualismo entre una dimensión y otra. Aquí radica la concepción del universo como acto creativo de un Ente que abarca todo lo creado, y cuyas producciones se consideran inmanentes, de modo que es posible entrar en la realidad trascendente que lo envuelve en la contemplación de sus creaciones. Ese acto creativo se articula bajo una dialéctica general que afecta al propio pensar del sujeto cognoscente, y que se fundamenta en la relación de la parte con el todo, dentro de la cual se da la posibilidad de vincular la conciencia individual y colectiva con la conciencia cósmica. Durante la síntesis creadora, la mente humana puede experimentar esa realidad como un todo y especular sobre ella, pero no puede llegar a conocer todas sus relaciones ni demostrarlas, a lo sumo intuirlas gradualmente mediante la menor o mayor coherencia del proceso creador. Lo real se nos muestra así como un conjunto de ideas de naturaleza finita en cuya cima se halla un campo infinito, que actúa como agente de participación a la hora de establecer un orden dinámico en la realidad manifiesta. Los límites conceptuales entre ambos órdenes se encuentran allí donde no es posible aplicar nuestras categorías racionales del lenguaje. Por eso, la aproximación a la totalidad se efectúa trascendiendo las artificiosas limitaciones del pensamiento categórico o dual, a fin de poder dilucidar las nuevas relaciones del mundo. La energía creadora como voluntad conciliadora y moderada de los extremos es la base de esta actuación conectiva.
       La misión del hombre es someter al ámbito de la racionalidad e inteligibilidad la información implícita para desenvolverla y hacerla explícita en una serie continua de etapas emergentes -el holomovimiento de Bohm-. Eso significa que el desarrollo histórico del saber es paralelo a la procesión de la mente humana por desplegar el conocimiento implicado y organizar sus datos gradualmente, de manera que se establezcan relaciones que los vinculen entre sí. Con la intención de desenmascarar ese orden oculto, el hombre aplica las categorías de su experiencia, sin las cuales la realidad no puede aprehenderse en su completitud. Pero las limitaciones categóricas no logran penetrar en la interioridad más profunda de las cosas, cuya trama de significaciones solo puede ser revelado por los varios niveles correspondientes al grado de percepción intuitiva de cada persona. La articulación de las ideas en diversos grados queda determinada por la menor o mayor capacidad para adecuar la intuición con los niveles de trascendencia del orden implícito, es decir, por la menor o mayor coherencia. En último término, la coherencia es posible en la medida en que haya una relación adecuada entre la esencia de las cosas, que conforma su realidad inteligible, y la percepción intuitiva del hombre, algo que se revela como una verdad, una verdad revelada que solo puede darse cuando las fronteras entre el observador y lo observado permanecen abiertas, de lo contrario no hay identificación plena, sino separación. Esta intuición de esencias es un acto intelectual por excelencia que contacta con el fondo de lo existente, con lo ideal, y su rango depende de la resonancia con las vibraciones del campo. Aquí radica la capacidad creativa para introducir nuevas analogías que agregue más inteligibilidad a las relaciones globales del mundo, base de todo sistema filosófico y científico [...].

       Para el empirismo, es corriente considerar que el conocimiento de la realidad manifiesta está fundamentado en la experiencia sensible, pero es posible asumir como hipótesis que el campo de acción de los contenidos metafísicos, al ser de naturaleza creadora, entra dentro de una línea de pensamiento de tipo especulativo que fundamenta la realidad empírica, ya que esta se halla sustentada en sus relaciones arquetípicas, al punto de constituir una totalidad de la cual los seres individuales son sus manifestaciones visibles. Esta conjetura posibilita una fundamentación racional de la actividad metafísica como necesidad humana de integrar los conocimiento disgregados en un todo coherente. Por lo tanto, muestra una analogía con el proceso de síntesis creadora de la psique, entendida como conocimiento del mundo interno (lo dado sin mediaciones o intuición intelectual). La concepción gnoseológica de la realidad se hace entonces trascendente, única esfera a la cual pertenece el conocer sintético. El fundamento real, identificado con la noción de causa, se basa en este algo ideal que trasciende la experiencia, siendo la realidad el punto de partida para acceder a lo trascendental. Pero la unidad trascendente de la intuición intelectual parece revertirse en la mente de tendencia empirista, tal que la realidad sensible y material prima sobre la no sensible e inmaterial. Cuando así sucede todo conocimiento humano tiene que pasar necesariamente por la experiencia a través de los órganos de los sentidos externos, los cuales fundamentan la síntesis de los datos empíricos para formar un conjunto mayor, sin por ello dejar de participar de los mismos rasgos creativos y sintéticos procedentes de los sentidos del mundo interno”.

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