La coherencia axiológica

       “Tras analizar las condiciones que hacen posible la estructuración de la cultura, en el presente epígrafe se establece el sistema de valores incorporado en ella, especialmente los más habituales, que comprenden los valores éticos, estéticos y lógicos. Toda ciencia del valor ha de centrarse en el principio de coherencia, que establece por sí mismo la relación entre la parte y el todo. Por ello, las valoraciones llevadas a cabo en el mundo cultural están guiadas por las mismas leyes dialécticas que rigen la evolución natural de los sistemas complejos. De esta forma, los sistemas complejos de la vida constituyen el centro de la reflexión sobre los valores de la cultura, con el principio de armonía como eje capital.

       Se denomina axiología a la teoría de los valores. Los valores son categorías cognitivas que hacen referencia a la orientación conductual del ser humano, establecida como actos que se hallan fundados en las nociones de agrado o preferencia y desagrado (a veces llamado asimismo “preterición”), los cuales se manifiestan en la búsqueda del placer y en la evitación del dolor, de ahí que formen parejas de contrarios orientados en sentido positivo o negativo, respectivamente. Los valores positivos, o también llamados “trascendentales”, están más unificados y son más coherentes que los negativos, frecuentemente denominados “disvalores”, por eso se suele atribuir a los valores trascendentales connotaciones de orden jerárquico superior y a los disvalores connotaciones de orden inferior. Por ejemplo, la dirección positiva hacia el concepto de valor ético se refiere al abordaje de los problemas relacionados con el bien. Todo lo que es coherente se ajusta a la bondad, y todo lo que no lo es se opone a ella. Por eso, los valores positivos, al juzgarse superiores, atraen y son deseables; mientras que los valores negativos causan repulsa. Pero atracción y repulsión, unión y separación, son dos opciones de la complementariedad de un sistema que se encuentran fuera de las categorías por medio de las cuales aprehendemos la realidad.
       En su extensión más amplia, el sistema de los valores del espíritu normativo incluye tres esferas elementales correspondientes a los objetos éticos, que se ocupan fundamentalmente de las conductas incorrectas o correctas; los objetos estéticos, centrados en el estudio de los juicios de valor acerca de lo feo y lo bello; y los objetos lógicos, que ponen el acento en los enunciados falsos o verdaderos. Todas estas esferas aparecen ensambladas entre sí por analogía, ya que, dentro de los parámetros de valoración positiva, se resuelven en la coherencia universal, esto es, incitan a buscar la unidad dentro de la variedad, o el orden en la complejidad, una concordancia formal entre las partes que hacen un todo bien ordenado y proporcionado. A esta integración unitaria se llega mediante juicios de valor captados a través de la intuición, cuya simpatía determina la aprobación categórica de las cosas y los actos ajenos. Así por ejemplo, la dimensión ética es la ciencia que concierne a las categorías de los juicios morales a través del estudio de los sentimientos, la estética a los actos categóricos en las representaciones y la lógica a las categorías de los juicios lógicos del pensamiento.
       Las funciones fundamentales de la mente humana, el sentimiento, la voluntad y el pensamiento, implican la evaluación positiva o negativa del objeto de la actitud. Mediante la libertad de elección de las actitudes ajustamos la energía de la dimensión ética, estética y lógica de nuestro interior. Las actitudes positivas pueden considerarse correctas y ordenadas en la medida en que contribuyen a la coherencia interna del sujeto con la sociedad y la naturaleza. Incorporarlas a la vida requiere de un esfuerzo para alcanzar la trascendencia por parte de nuestra voluntad. Cuando esas actitudes se alteran en la negación del acto voluntario, en la indiferencia, como muchas veces ocurre, aparece entonces una falta de coherencia en la vida y conducta personal, que se extiende hacia una incoherencia con el entorno social (familia, comunidad, país…) y natural, la cual constituye un criterio sin sentido de totalidad que afecta a la conciencia global de los individuos, entendida como una red orgánica de relaciones. Cuando las personas entran en una actitud de coherencia a través de la puesta en práctica de los valores de la solidaridad, la cooperación, la tolerancia, el respeto, la conciliación, el amor, la justicia, etc., fluye una onda colectiva de unidad que ayuda a crear un estado integrado en la trama de nuestro mundo. Este orden unificado es la relación coherente del campo holográfico como resultado de nuestra armonía interna. Por tanto, debemos asumir la responsabilidad de nuestros actos para manejar con coherencia nuestras mentes y para cambiar el orden del campo que lo engloba. Dicha coherencia puede intervenir en la reducción de los problemas sociales y medioambientales. La educación enseña conceptos culturales, pero su fin último debería ser adquirir este conocimiento sistémico en la integración hemisférica para así alcanzar un estado de plenitud y unidad en la autorrealización, y con ello lograr acceder a un sistema coherente de valores.
       La expresión de la totalidad reside dentro de la valoración afirmativa que da cuenta de lo bueno, lo bello y lo verdadero como realidades supremas. No en vano, son valores surgidos de principios definidos por un sistema reglados por una sociedad en forma de leyes generales. Uno de los elementos fundamentales de esos principios es la proporción como resultado de la perfecta articulación de las partes con el todo, de tal forma que lo que puede decirse de la coherencia puede decirse también de las buenas proporciones. Este concepto de proporcionalidad en el sistema de valores ha sido muy empleado durante las distintas épocas como aplicación de las ideas éticas, estéticas y lógicas. En la ética una buena proporción viene a identificarse con la bondad, en la estética con la belleza y en la lógica con la verdad. Tal enfoque nos permite establecer unas leyes universales de carácter axiológico, según las cuales hay un orbe objetivo de valores al que se llega mediante el conocimiento. Semejante universalidad y objetividad se basa en la proporcionalidad, lo que permite comprender que existe una posible similitud entre el mundo cultural y el natural. En esta analogía advertida entre el sistema de valores y la naturaleza se encuentra también el rango que tiene su origen en la creación espontánea. Ello permite considerar los valores dentro de una visión de conjunto fundada en un reino axiológico subjetivo y otro objetivo, que arranca desde la arbitrariedad humana hasta la dimensión organizada como esfuerzo de adaptación del hombre a su entorno. Cuando la concepción subjetivista se lleva al extremo, prima el relativismo; y cuando las concepciones objetivistas son llevadas al extremo, predomina el absolutismo. Pero lo relativo y lo absoluto de los valores suponen dos posiciones parciales que, con frecuencia, se han intentado agrupar en posturas intermedias para ofrecer una descripción axiológica más completa.

       A lo largo de todos los momentos históricos y culturales, muchas fórmulas teóricas han guiado los valores supremos. Algunas veces dichas teorías han permanecido en el tiempo o se han recuperado posteriormente, otras han sido superadas por nuevas ideas. En este sentido, podemos decir que los principios del método holofráctico nos sugiere una formulación acerca de la realidad que define los valores como la correcta relación entre las partes de un todo, y estas con el conjunto. Lo novedoso de método con respecto a otros métodos que han intentado tomar posiciones intermedias entre dos extremos (como la Dialéctica), es la adopción del concepto de holograma y fractalidad para derivar los enunciados hacia otros muchos ámbitos de forma significativa. La validez de tales proposiciones no solo depende de las reglas basadas en la experiencia de los hechos, es decir, de lo empíricamente demostrable, sino también de la analogía como proceso inferencial abductivo y de la coherencia lógica como inferencia deductiva. Ello conlleva importantes especulaciones en el estudio trascendental de la ética, la estética y la lógica”.

Fragmento extractado de Los sistemas complejos y su evolución. Si le interesa adquirir el libro tiene que pinchar aquí. Los contenidos de este blog están inscritos en el Registro General de la Propiedad Intelectual (Núm. solicitud: MU/563/2015). No se permite la reproducción de los mismos sin el permiso previo del autor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>