Libros de Alejandro Troyán

EL CONOCIMIENTO ORGANIZADO BAJO UN PATRÓN FRACTAL

     Mis libros aúnan los principios fundamentados en la teoría fractal y holográfica del universo con la metáfora de los hemisferios cerebrales. Ello permite la emergencia de un pensamiento holofractal, un pensamiento complejo que abarca a un tiempo los principios de unidad y diversidad de la realidad. “Holo” indica unión y complementariedad. “Fractal” señala la división y oposición. En mi opinión, es necesaria una interrelación entre ambos principios como discurso filosófico y científico con el fin de llegar a una comprensión total de la realidad, ya que ni la unión ni la división pueden describir por sí solas, y adecuadamente, el fenómeno dinámico en el desarrollo de la naturaleza y el universo. Para describir esta simbiosis de principios de manera adecuada, necesitamos un pensamiento más integrador que intente superar las dicotomías del conocimiento. El problema del conocimiento es que es contradictorio, es decir, en sus relaciones hay coherencias a la vez que incoherencias, y determinar la adecuada situación de estas contradicciones es una tarea compleja, porque en ocasiones parecen permutarse. Esta dificultad ofrece un juego creativo muy amplio, pero impide que se llegue a un acuerdo común. La gran crisis que asola nuestra sociedad actual es, básicamente, una crisis de coherencia sistémica en la forma de interconectar y organizar la mayoría de nuestros conocimientos disciplinares, ya que no hay métodos adecuados para tratar lo complejo. Ello ha acarreado una fragmentación del mundo, que, aunque necesaria para la ciencia y la tecnología, no refleja la complejidad de la naturaleza y del universo. Esta tendencia a fragmentar el mundo proviene de nuestras categorías racionales del hemisferio izquierdo. De ahí las incoherencias socioculturales y ambientales de nuestra época.
     El pensamiento holofractal es un tipo de pensamiento complejo que, amparado en la dialéctica, permite superar las contradicciones del conocimiento. No estamos todavía acostumbrados a este tipo de pensamiento, porque exige una actitud muy diferente hacia la realidad, pero una vez abrimos la mente a esta nueva forma de inteligibilidad vemos conexiones por todas partes. Esto es así porque el pensamiento holofractal es un pensar recursivo que establece relaciones entre elementos de niveles aparentemente separados para producir sinergias. Estos elementos provienen de la física cuántica y relativista, de la teoría de los sistemas complejos, de la neurociencia, de la psicología humanista y transpersonal, de la creatividad, del arte, de la filosofía, de la mística, etc. El pensar recursívamente sobre estos elementos cambia completamente nuestro concepto de la realidad y, por consiguiente, nuestra percepción ante ella, haciendo emerger una propiedad nueva con sentido. Este sentido es el objetivo último de la transdisciplinariedad, y se produce cuando lo particular se une con lo universal que lo contiene. Nuestra realidad no solo sigue un sentido causal, racional, sino también un sentido acausal, emocional, donde se interconectan varios niveles disciplinarios mediante una red de relaciones intuitivas. Esto es lo que hacen la poesía, el arte o la física cuántica, que van más allá de las concepciones reduccionistas del mundo involucradas en un solo nivel disciplinario, como hace la mayoría de las disciplinas académicas ancladas en el viejo paradigma que nos legó la física clásica, que es útil para estudiar los cuerpos de tamaño intermedio, pero que resulta inapropiado para tratar con la complejidad del mundo a pequeña y gran escala.

     Dada la ubicuidad de los fractales en todos los niveles de la realidad, es sorprendente pensar que se le haya prestado tan poca atención a la posibilidad de articular las ideas en una jerarquía de niveles cognitivos, en donde cada parte remite al conjunto, tal y como marca la formulación recursiva de la geometría fractal. La recursividad tiene como característica principal la sensación de una secuencia repetitiva continua, porque los elementos se reiteran de manera lógica y matemática hasta el infinito, fuera de las limitaciones espaciotemporales. La recursividad está presente no sólo en las imágenes generadas por ecuaciones matemáticas y en la naturaleza, sino que también pueden aplicarse a las palabras, al lenguaje. En la medida en que el cerebro puede describirse como una estructura fractal, el lenguaje también tiene la posibilidad de tener una naturaleza recursiva. Así, la recursividad se observa cuando se utilizan palabras iguales en diferentes estructuras jerárquicas, y el significado final no termina de salirse de esas palabras mencionadas. La literatura fractal contiene textos con propiedades similares a las de los fractales, principalmente palabras recursivas que hacen referencia a sí mismas. Ello lleva a romper con la linealidad newtoniana de los discursos. En la literatura fractal, la estructura del discurso no es lineal sino que tiene elementos reflectafóricos. Se configura como una especie de juego de cajas chinas en donde unos términos se asemejan a otros, y a su vez cada término refleja cada uno de los demás, aunque no con total exactitud, pues los términos conviven tanto en la diferencia como en la igualdad.
     La construcción de mis libros persigue la tentativa de organizar el conocimiento de la realidad utilizando textos fractales que se articulan temáticamente en diversos niveles, bajo los mismos patrones iterativos con los que opera la literatura fractal y la estructura misma de la naturaleza, y que se van concatenando arquitectónicamente hasta formar un todo armónico. Tal tentativa se apoya en una epistemología sistémica, en principio abierta, a través de la cual se pueden unificar todas nuestras construcciones mentales. Este proceso sistémico de unificar teorías e ideas separadas en todos los niveles cognitivos se vale de la propiedad de la simetría recursiva. La simetría recursiva usa como recurso un lenguaje que utiliza en su estructura una tríada de categorías arquetípicas: la unidad, la dualidad y los intermediarios equilibradores o mediadores, que son principios del conocimiento afines a los criterios monotómicos, ditómicos y tritómicos de la ciencia. Este esquema tripartito, que subyace a todos los fenómenos naturales, se muestra bajo un patrón dinámico de recursividad, en donde los textos están anidados unos dentro de otros, lo que significa que sus patrones se extrapolan eventualmente para construir formas similares a otras escalas, dando como resultado final una estructura fractal. El arquetipo de dualidad genera textos que están fragmentados, clasificados en expresiones duales, pero a la vez se interconectan entre sí hasta formar un conjunto coherente y con sentido cualitativo o acausal, propio del arquetipo de unidad. La ciencia clásica nos da el sentido de las relaciones cuantitativas y causales de las cosas, porque involucra un solo nivel de realidad, pero el sentido acausal de la vida está más allá de la sucesión lineal de la lógica formal, en el ámbito de la intuición y del sentimiento, aquello que se deja atrapar por la analogía. A través de la analogía lo que aparece separado es capaz de armonizarse mediante relaciones no causales con significado que aportan sentido al mundo.

     El lenguaje que utilizo en mis obras es capaz de generar infinitos fractales en forma de palabras y textos, los cuales comparten con la naturaleza un discurso holográfico con sentido de unidad, belleza y armonía. A lo largo de dicho discurso unificador se alternan conceptos contrarios en todos los niveles cognitivos, y la función mediadora de la contradicción se produce gracias al pensamiento analógico (el tercero incluido que la ciencia excluyó de la lógica clásica, cuya metalógica asegura el paso de un nivel cognitivo a otro), por el que los términos unívocos y equívocos, de igualdad y diferencia, de unión y separación, se unifican a través de principios estéticos de ritmo, simetría, proporción, equilibrio y armonía, que son principios organizativos subyacentes de la naturaleza que se dan a lo largo de todas las dimensiones de la realidad. Tales principios participan de la autosemejanza. La autosemejanza es un aspecto científico del principio fundamental de simetría recursiva o analogía, porque implica una relación entre pares de análogos en todas las escalas observables. Esta autosemejanza no requiere que los análogos en diferentes escalas sean réplicas exactas, sino que sean semejantes, a modo de un juego de muñecas rusas que continúan una secuencia repetitiva.
     Las autosemejanzas usadas en mis libros suponen relaciones analógicas entre los macrosistemas y los microsistemas que ayudan a vincular varios niveles disciplinarios. Se trata de una autosemejanza sencilla que consiste en reunir las cosas en grupos simétricos en torno al número tres, dos y uno de las ideas. Cada nivel está vinculado a otro como parte de un esquema más amplio, lo que otorga coherencia al conjunto. En ese estado de coherencia se conforma un sistema orgánico de conexiones en donde lo estético se intensifica. Los principios estéticos se presentan, por tanto, como vía para la reconciliación de la realidad y del conocimiento. Pasan a ser un principio ontológico y epistemológico, necesario para guiar el pensamiento hacia el descubrimiento de una teoría unificada de la naturaleza y del conocimiento. Einstein, que seguía la visión tradicional de los antiguos matemáticos y filósofos griegos, estaba en lo cierto cuando afirmaba que la ciencia no solo busca aspectos como el orden y la igualdad entre las cosas, sino también otros aspectos generales del mundo en su conjunto como la armonía, la simetría, la belleza y la elegancia, aunque vaya contra la comprobación empírica. Y es que todos nuestros intentos de comprender, clasificar y unificar patrones podemos encontrarlos en la noción estética de simetría. Esta simetría sigue los patrones de la proporcionalidad o la armonía, que presupone la unidad de los contrarios.



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