Cerebro cuántico

       “El cerebro no solamente es fractal, también es cuántico, pues funciona dentro del marco holográfico, y los diferentes niveles fractales del cerebro están bajo su influencia. Esta noción del cerebro cuántico entra dentro del concepto de emergentismo psicológico, una rama de la psicología que dice que la conciencia es una propiedad que emerge de la actividad cuántica de los átomos presentes en las neuronas del cerebro, por lo que se integra bastante bien a la concepción de los sistemas complejos.

       En el cerebro cuántico desempeña un papel fundamental el modelo Penrose-Hameroff, según el cual los microtúbulos contenidos en el interior de cada neurona serían los elementos primarios responsables de nuestra conciencia. Los microtúbulos están formados por dos subunidades de dímeros proteicos llamados tubulina alfa y beta, que se autoensamblan formando rejillas hexagonales de filamentos emparejados que se cruzan según la serie de Fibonacci, en una disposición de simetría helicoidal. Cada entramado de dímeros de tubulina conforma un proceso de polarización positiva y negativa de tipo dieléctrico capaz de modificarse en base a la información que le llega de otras neuronas. A través del proceso de polarización de las tubulinas se genera una nube electrónica de partículas cuyo desplazamiento puede presentar dos estados posibles, como en los bits clásicos. Estos dos estados pueden hallarse brevemente en superposición de estados, funcionando como cúbits biológicos. Durante este intervalo de tiempo, las tubulinas operan en un estado de coherencia en el que se acoplan entre sí para el procesamiento de la información. A través del acoplamiento cuántico entre tubulinas la información se extiende simultáneamente por todo el sistema, convirtiendo a los microtúbulos de las neuronas adyacentes en conductores coherentes. Debido a esta extensión de la coherencia por los microtúbulos, la información cuántica de cada una de las neuronas se va retroalimentando a lo largo del fractal cerebral, conformando un solo estado cuántico a gran escala. Todo este proceso recursivo de retroalimentación se hace posible gracias a la resonancia sincronizada a nivel electromagnético y cuántico. Y las moléculas de agua permitirían esta conexión electromagnética y fotónica, ya que pueden crear dominios coherentes que amplifican la señal por todo el cerebro.
       Durante el tiempo de coherencia, las tubulinas pierden su individualidad para entrar en un estado cuántico unitario que se extiende por un campo electromagnético y cuántico gracias a las moléculas de agua. Pero cuando los estados de coherencia alcanzan ciertos umbrales relacionados con los fenómenos gravitacionales a nivel cuántico, se origina el proceso de decoherencia o reducción objetiva, que supone un autocolapso de la función de onda. A partir de entonces los efectos cuánticos del sistema se vuelven clásicos y la información en forma de cúbits se transforma en bits. Durante este proceso se manifiesta la emergencia de la conciencia, que está condicionada por una determinada dimensión fractal de la experiencia.

       Recientes investigaciones señalan que el cerebro de los mamíferos tiene la capacidad de producir fotones o biofotones, que son responsables de la manifestación cuántica a nivel biológico del fenómeno electromagnético de la luz. Las neuronas cerebrales se comunican entre sí a través de ondas de luz además de sinapsis electroquímicas compuestas por impulsos nerviosos y neurotransmisores. La comunicación por ondas electromagnéticas entre neuronas se realiza mediante los microtúbulos. El interior de los microtúbulos de las neuronas es un espacio aislado del exterior en donde los biofotones pueden mantener un estado de coherencia relacionado con la superposición cuántica. La radiación biofotónica de esas neuronas es la responsable de crear estos estados de coherencia o superposición, resultando efectos de entrelazamiento que permiten la transmisión instantánea de la información cuántica que, partiendo de la neuronas, se va retroalimentando hasta llegar las redes neuronales, formando lo que se conoce como consciencia. Este estado de coherencia cuántica se produce, presumiblemente, gracias a una red electromagnética de entrelazamiento no local, a través del cual se procesa la información del cerebro a nivel implícito.

       El hecho de que los efectos cuánticos de los microtúbulos se amplifiquen con rapidez hasta alcanzar las neuronas, los grupos neuronales y el conjunto del cerebro, implica la existencia de un proceso holográfico. Este proceso basado en ondas de luz no solo se extiende hacia las ondas cerebrales que derivan de la mente de un individuo, sino que va más allá de la estructura física del cerebro, hacia la mente colectiva, e incluso hacia el campo planetario y cósmico, gracias a la resonancia cuántica, y a través del acoplamiento anidado toroidal de varias energías de campos. Según Meijer y Geesink, gracias al campo de energía toroidal situado alrededor del cerebro (campo estructurado holográfico), nuestra mente puede acoplarse a los campos cósmicos y recibir su información para actualizar su sistema. Esta conjetura está en relación con la idea del orden implicado de Bohm, un campo subyacente que mantiene unida la conciencia individual con la conciencia cósmica mediante fenómenos no locales de entrelazamiento. Cuando morimos esa información entrelazada no se pierde, simplemente se distribuye por los diferentes niveles de organización de los campos cósmicos. Los universos paralelos, origen de la superposición cuántica, surgen de las infinitas posibilidades espaciotemporales que brindan los diferentes niveles del universo como unidad, que corresponden a los diferentes grados de conciencia humana, y así recursívamente. Esto significa que la conciencia individual no es exclusiva de una manifestación local del cerebro, sino que surgiría también de una conciencia no local difundida por todo el universo a escala invariante, lo que estaría emparentada con el concepto de autosimilitud del modelo fractal […]”.

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