Cerebro holográfico

       “La red de conexiones neuronales del cerebro no solamente forma una estructura fractal, sino también cuántica, pues funciona dentro del marco holográfico, y los diferentes niveles fractales del cerebro están bajo su influencia. Esta noción del cerebro cuántico entra dentro del concepto de emergentismo psicológico, una rama de la psicología que dice que la conciencia es una propiedad que emerge de la actividad cuántica de los átomos presentes en las neuronas del cerebro, por lo que se integra bastante bien a la concepción de los sistemas complejos. Dentro de esta postura emergentista se encuadra el monismo neutral, que ha sido propuesto por Roger Penrose y Stuart Hameroff, según el cual hay una entidad subyacente común de donde surgen tanto la mente como la materia. Por esta razón es una teoría que se acomoda bien a la visión tanto holista como reduccionista de la realidad. En el modelo de Penrose-Hameroff esa entidad subyacente es la geometría espacio-tiempo a escala de Planck, en donde estarían incorporados los valores platónicos que influyen en nuestras elecciones perceptivas y cognitivas.

       En el cerebro cuántico desempeña un papel fundamental el modelo de Penrose-Hameroff, que ha sido recientemente avalado por los estudios de Anirban Bandyopadhyay. De acuerdo a este modelo, los microtúbulos contenidos en el interior de cada neurona cerebral serían los elementos primarios de las vibraciones cuánticas responsables de las ondas cerebrales de nuestra conciencia. Los microtúbulos son polímeros cilíndricos que están compuestos por patrones repetitivos de dos subunidades de dímeros proteicos llamadas tubulinas alfa y beta. Estas proteínas se autoensamblan para formar cilindros huecos con paredes ordenadas en tramas hexagonales que se cruzan según la serie de Fibonacci, en una disposición de simetría helicoidal. Cada entramado hexagonal de dímeros de tubulina está en continuo movimiento y reorganización, ya que conforma un proceso de polarización positiva y negativa de tipo dieléctrico capaz de modificar su mapa interno en base a la información que le llega de otras neuronas. A través de este proceso de polarización de las tubulinas se genera una nube electrónica de partículas cuyo desplazamiento puede presentar dos estados posibles, como en los bits clásicos. Estos dos estados pueden hallarse brevemente en superposición de estados, funcionando como cúbits biológicos. En ese corto intervalo de tiempo, las tubulinas operan en un estado de coherencia en el que se acoplan entre sí para el procesamiento de la información. A través del acoplamiento cuántico entre tubulinas la información se extiende simultáneamente por todo el sistema cerebral, convirtiendo a los microtúbulos de las neuronas adyacentes en conductores coherentes. Debido a esta extensión de la coherencia por los microtúbulos, la información cuántica de cada una de las neuronas se va retroalimentando a lo largo del fractal cerebral, conformando un solo estado cuántico a gran escala. Todo este proceso recursivo de retroalimentación se hace posible gracias a la resonancia sincronizada a nivel electromagnético y cuántico. Y las moléculas de agua permitirían esa conexión electromagnética y fotónica, ya que pueden crear dominios coherentes que amplifican la señal por todo el cerebro.
       Durante el tiempo de coherencia las tubulinas pierden su individualidad para entrar en un estado cuántico unitario que se extiende por un campo electromagnético y cuántico gracias a las moléculas de agua. Pero cuando los estados de coherencia alcanzan ciertos umbrales críticos relacionados con la curvatura gravitacional a nivel cuántico, se origina el proceso de decoherencia o reducción objetiva, que es un concepto que supone un colapso de la función de onda o superposición de la física cuántica. A partir de entonces los efectos cuánticos del sistema se vuelven clásicos y la información en forma de cúbits se transforma en bits. Durante este proceso se manifiesta la emergencia de pequeñas unidades discontinuas de experiencia consciente, que cuando se acoplan entre sí derivan en una secuencia continua de conciencia. Esas unidades fundamentales son colapsos de la función de onda que ocurren dentro de un campo protoconsciente que deriva de la geometría espacio-tiempo a escala de Planck desde el Big Bang. Están además condicionadas por una gama determinada de intensidades y frecuencias, lo que da como resultado los diversos estados de conciencia.
       Según el modelo de Penrose-Hameroff, la conciencia está en relación con la frecuencia de colapsos cuánticos en el cerebro. Un estado de colapso cuántico que ocurre cuarenta veces por segundo, o más, produce en el cerebro humano una sincronía gamma, que requiere redes de neuronas interconectadas. Un nivel alto de sincronía gamma significa que el cerebro está teniendo experiencias más intensas de consciencia. Estas experiencias más intensas requieren un gran tamaño de superposiciones -en términos de la cantidad de microtúbulos y neuronas involucradas y el volumen del cerebro- con el fin de alcanzar los umbrales críticos con rapidez (frecuencias más altas), mientras que las experiencias más débiles requerirán superposiciones con tiempos más cortos para alcanzar los umbrales (frecuencias más bajas). Cuanto mayores sean las superposiciones tanto más profunda será la percepción y la cognición para acceder a la información implícita a nivel de los microtúbulos, la cual está en conexión directa con el campo holográfico de la realidad.

       Recientes investigaciones señalan que el cerebro de los mamíferos tiene la capacidad de producir fotones o biofotones, que son responsables de la manifestación cuántica a nivel biológico del fenómeno electromagnético de la luz. Los biofotones revelan que la conciencia está basada en la luz. La luz, a parte de ser energía electromagnética, es también información. Y donde hay información hay conciencia. De hecho, los biofotones son las unidades mínimas de conciencia, que siempre son duales, debido a la doble naturaleza de la luz. Las neuronas cerebrales se comunican entre sí a través de biofotones además de sinapsis electroquímicas compuestas por impulsos nerviosos y neurotransmisores. La comunicación por ondas electromagnéticas entre neuronas se realiza mediante los microtúbulos, cuyo interior es un espacio aislado del entorno en donde los biofotones pueden mantener un estado de coherencia relacionado con la superposición cuántica. La radiación biofotónica de esas neuronas es la responsable de crear esos estados de coherencia o superposición, resultando efectos de entrelazamiento que permiten la transmisión instantánea de la información, la cual, partiendo de la neuronas, se va retroalimentando hasta llegar a las redes neuronales, formando lo que se conoce como consciencia. Este estado de coherencia cuántica se produce, presumiblemente, gracias a una red electromagnética de entrelazamiento no local, a través de la que se procesa la información cerebral a nivel implícito. Según Parisa Zarkeshian, de la Universidad de Calgary en Canadá y sus colaboradores, la mielina de los axones sería la responsable de transmitir biofotones entre las neuronas, ya que, a parte de fortalecer las conexiones neuronales entre ambos hemisferios, tiene propiedades ópticas.
       La conciencia mantiene un fuerte vínculo con el fenómeno de entrelazamiento de los biofotones del cerebro. Por medio del entrelazamiento los biofotones de los microtúbulos captan bits de información cuántica a partir del vacío cuántico. Esa información puede ser transmitida al cerebro cuando las infinitas posibilidades de los niveles implícitos colapsan al alcanzar un determinado umbral de la conciencia. Cada umbral de la conciencia está en relación con un nivel de información y energía del campo holográfico universal, lo que crea diferentes niveles de conciencia. Una alta conciencia significa una capacidad mayor de las neuronas para producir biofotones. Cuanto mayor sea el nivel de biofotones mayor coherencia habrá en el estado en sus vibraciones y, por consiguiente, mayor será la información recibida del campo, lo que obligará a incrementar las interconexiones de las redes neuronales para procesarla correctamente. Dicho nivel tiene que ver directamente con la luz de la conciencia o “iluminación”, un estado mental que mantiene similitudes con la luz del mundo físico, porque comparten un territorio en común: la luz. En el estado de iluminación la conciencia es capaz de interactuar con todas las dimensiones fractales del cerebro, porque la dicotomía que existe entre las dualidades se anula, lo que supone el acceso a la compleja red de conexiones del universo.

       El hecho de que los efectos cuánticos de los microtúbulos se amplifiquen con rapidez hasta alcanzar las neuronas, los grupos neuronales y el conjunto del cerebro, implica la existencia de un proceso holográfico basado en ondas de luz. Este proceso no solo se extiende hacia las ondas cerebrales que derivan de la mente de un individuo, sino que va más allá de la estructura física del cerebro, hacia la mente colectiva, e incluso hacia el campo planetario y cósmico, gracias a la resonancia cuántica, y a través del acoplamiento anidado toroidal de varias energías de campos. Según los científicos Dirk K. F. Meijer y Hans J. H. Geesink, de la Universidad de Groninga en Holanda, la conciencia reside en un campo de energía toroidal situado alrededor del cerebro (campo estructurado holográfico) que existe en otras dimensiones. La estructura del toroide se encuentra en todas las escalas de la física, desde la microescala hasta la macroescala extrema de los agujeros negros y el universo como un todo. Esa autosimilitud geométrica en todas las escalas es la que permite que el cerebro ajuste sus frecuencias a los campos que le rodean a través del acoplamiento anidado toroidal. Gracias al campo estructurado holográfico, nuestra mente puede compartir información con el cerebro, y con otros cerebros, a través de fenómenos cuánticos, como el entrelazamiento, debido a lo cual puede acoplarse a los campos del cosmos, como el gravitacional, el de la energía oscura, el del vacío cuántico o el campo magnético terrestre, y recibir de ellos información en forma de ondas para actualizar su sistema. Dicha idea está en relación con el concepto de protoconciencia de Penrose-Hameroff, una propiedad intrínseca a la realidad que es accesible por medio de los fenómenos cuánticos asociados con la actividad cerebral de los microtúbulos. También podría relacionarse con el concepto de orden implicado de Bohm, un campo subyacente que mantiene unida la conciencia individual y colectiva con una conciencia más grande mediante fenómenos no locales de entrelazamiento. Esto significa que la conciencia individual no es exclusiva de una manifestación local del cerebro, sino que surgiría también de una conciencia no lineal difundida por todo el universo a escala invariante, lo que estaría emparentada con el concepto de autosimilitud del modelo fractal.
       La conciencia es un fenómeno de naturaleza multidimensional, porque se puede extender por todas las dimensiones espaciotemporales, de las cuales solo podemos percibir la realidad tridimensional. Todas las dimensiones del universo se encuentran entrelazadas entre sí, diferenciándose unas de otras por su frecuencia vibratoria, lo que da como resultado los diversos niveles de la realidad, que están vinculados con la conciencia. Cuando la conciencia se localiza en el cerebro se percibe un mundo tridimensional en el que no se evidencia ninguna conexión entre las cosas. Bajo esta perspectiva, la conciencia emerge del cerebro, y, por lo tanto, no puede sobrevivir sin él. Pero nuestra conciencia también tiene la habilidad de sincronizar con el dominio multidimensional por medio del entrelazamiento y de operar en concordancia con la información no local del campo holográfico, experiencia que permite percibir la conexión entre todas las cosas. El experto en medicina regenerativa Robert Lanza cree que esa información entrelazada del cerebro no se pierde tras la muerte del cuerpo biológico, simplemente se distribuye por las diferentes dimensiones adicionales de los campos cósmicos, que están en relación con el multiverso o los múltiples universos que pueden existir simultáneamente. Los físicos teóricos creen que el universo se divide en múltiples universos con diferentes versiones de uno mismo y escenarios que tienen lugar al mismo tiempo. Como todas las posibilidades del multiverso están ocurriendo a la vez, esto significa que la muerte no existe realmente. En un universo el cuerpo biológico puede estar muerto y en otro similar puede estar vivo, absorbiendo los grados de conciencia que emigró a ese universo. Y así recursívamente, como en un fractal”.

Fragmento extractado de los Principios de Estética Holofractal. Los contenidos de este blog están inscritos en el Registro General de la Propiedad Intelectual. No se permite la reproducción de los mismos sin el permiso previo del autor.

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