La analogía como unificación

       “El objetivo de la ciencia contemporánea es encontrar un esquema simple susceptible de ser escrita que dé una descripción abreviada del mundo basada en leyes unificadoras; una teoría unificada que estructure el conocimiento científico en un gran sistema coherente. Sin embargo, el problema de encontrar una teoría unificada del conocimiento radica en que la ciencia se mueve todavía en la visión disgregada de la realidad, porque solo se limita a las cosas físicas. Para alcanzar una visión integrada es necesario tener en cuenta las descripciones holísticas y transdisciplinares, que incluyen el mundo viviente, la mente, la creatividad, la cultura, los valores y la espiritualidad. Vistas así las cosas, el modelo holográfico de la realidad puede constituir otro intento de conciliar la gravedad clásica con las tres fuerzas de la física cuántica. La clave consiste en tener en cuenta su dinámica a lo largo de los niveles de la estructura fractal del universo. Como el generador en lo físico de la estructura fractal del universo es la proporción áurea, esta puede considerarse crucial en la gestación de una teoría unificada, ya que permite inferir la razón entre dos extremos a lo largo de todos los niveles de la realidad. Es más, tal vez la proporción áurea sea la relación analógica que mejor se adapte al tercero incluido que relegó la ciencia formal. Y el hecho de que todo parezca vincularse mediante relaciones analógicas hace que la proporción áurea constituya el entrelazamiento que permite integrar las dos teorías del universo.

       Desde el punto de vista holográfico, los campos de fuerza del universo están entrelazados simétrica e inversamente a través de un campo unificado. A nivel cuántico, el sustrato del tejido espacio-temporal experimenta fluctuaciones de contracción y expansión. Dado que las fluctuaciones son pequeños fragmentos del universo en contracción y expansión, el proceso de retroalimentación cíclica en el flujo de los campos se amplifica hacia escalas cosmológicas hasta impulsar los procesos dinámicos de contracción y de expansión que producen las fuerzas conocidas como energía gravitacional y energía electromagnética. En el toroide se dan estos procesos dinámicos de contracción (producción de fuerza gravitacional) y de expansión (producción de fuerza electromagnética). La fuerza de la gravedad se genera cuando el espacio-tiempo se curva y fractaliza hacia el centro del sistema toroidal, y el electromagnetismo se produce cuando la fuerza centrífuga cerca del centro permite que la fuerza se expanda. El toroide pulsa entre la decoherencia de la gravedad y la coherencia del electromagnetismo. La una conduce al aumento de la entropía en el universo, que está ligada al grado de desorden de un sistema; la otra a la baja entropía, a mayor grado de orden. El origen de la estructuración y complejidad creciente de los sistemas del universo se explican por la interacción entre la gravedad y el electromagnetismo, un vínculo entre la alta entropía (ruptura de simetría o decoherencia) y la baja entropía (simetría o coherencia).
       Como la masa gravitatoria en el universo y, también el espacio-tiempo, exigen fases de contracción en donde el desorden crece, y el campo electromagnético requiere fases de expansión en donde aumenta el orden, la relación entre la gravedad y el electromagnetismo están en relación con las singularidades de los agujeros negros y blancos. La materia, así como el espacio-tiempo, es destruida en las singularidades de los agujeros negros. Allí se muestra el verdadero efecto desorganizador, y motor de desorden, de la gravedad en su máximo exponente. En la singularidad de un agujero blanco encontramos lo contrario, la creación del espacio-tiempo y de la materia. De hecho, el Big Bang fue un gran despliegue en completo orden, puesto que la entropía fue mínima. Las condiciones relativamente simétricas y continuas del orden del Big Bang fue dando origen a rupturas de simetrías o fracturas de la continuidad del orden originario a medida que el universo comenzó a expandirse en una serie de niveles concéntricos. Este proceso natural de ruptura dio lugar a nuestro espacio-tiempo, a la materia y a la energía, y desde entonces ha ido aumentando el grado de desorden marcado por la flecha termodinámica del tiempo, que se concibe fluyendo en una sola dirección, desde el pasado hacia el futuro.
       Según la segunda ley de la termodinámica, la entropía aumenta en dirección al futuro, lo que significa que en el pasado, por ejemplo cerca del Big Bang, la entropía tuvo que ser baja. Sin embargo, la idea de que el universo tiende hacia el desorden queda contradicha, ya que el universo conserva la baja entropía que se originó en la singularidad inicial del Big Bang. Esto es así porque, desde el punto de vista cuántico, la flecha temporal se dirige simultáneamente hacia atrás, hacia el pasado, y hacia adelante, hacia el futuro, dando lugar a una simetría e inversión del universo en donde todo está conectado. Los universos paralelos que describe la teoría de cuerdas se referiría a estas dos realidades paralelas que se llevan a cabo a un tiempo. La dirección cíclica del tiempo hacia esa singularidad inicial sería la responsable de la organización cada vez más compleja que presentan los organismos vivos.

       En el inicio del universo podemos encontrar una expansión de naturaleza fractal de la energía primordial disponible en los campos cuánticos. Esta expansión fractal produjo una ruptura de simetría cuántica que separó la energía primordial en las cuatro fuerzas del universo, lo que permitió que se materializaran las diferentes partículas clásicas. La fuerza de la gravedad se ha de entender dentro de una dinámica de ruptura o fractalidad, como consecuencia de la adición recursiva de la curvatura de la geometría del espacio-tiempo producida por los estados vibratorios del entrelazamiento cuántico que exhiben las partículas subatómicas. Cuando el sistema de fuerzas a pequeña escala alcanza ciertos umbrales críticos de energía, generalmente relacionados con los efectos gravitacionales a nivel cuántico, los estados vibratorios del entrelazamiento se colapsan, provocando rupturas espontáneas de totalidades, con los consiguientes saltos de las distintas fuerzas universales. Esto significa, esencialmente, que las fuerzas fundamentales de la naturaleza se originan a partir de los fenómenos cuánticos/holográficos del universo, surgen del colapso inmediato de la simetría del entrelazamiento cuántico en una jerarquía progresiva de niveles emergentes, donde cada nivel forma parte de otro aún más conectado. En este proceso la gravedad cuántica se acopla a la coherencia del entrelazamiento, que se va retroalimentando a gran escala hasta generar una energía gravitacional tan grande que produce una ruptura de la simetría cuántica. Como existe una relación entre la entropía, la gravedad y la curvatura de la estructura del espacio-tiempo, esto explicaría porqué la materia se desarrolla formando estructuras fractales. Razón esta que sugiere que la gravedad se origina a partir de los fenómenos cuánticos del universo como una emergencia de su alta entropía. Y aunque aparezca separada del electromagnetismo por la acción de su propiedad emergente, en realidad está unida a través de un campo subyacente responsable de las interacciones no locales del entrelazamiento cuántico. Esta unión se manifiesta a través de los toroides, cuyas actividades cíclicas crean una jerarquía fractal anidada que permite el entrelazamiento en todas sus escalas.
       El entrelazamiento unifica todos los sistemas toroidales mediante un sistema complejo de redes cuánticas que forman una estructura geodésica a través del cual se transfiere la información de un lugar a otro de manera instantánea, por lo que se pierde la noción espaciotemporal. Estos entrelazamientos en forma de redes abarcan subestructuras en varias escalas, que son la base de la fractalidad espacial y temporal del universo, de la cual emergen la gravedad y la materia. Son redes cuánticas escalables, es decir, distribuidas en una serie de jerarquías predeterminadas por la geometría fractal, las cuales entrelazan los diversos sistemas en un todo; una especie de inmensa red enmarañada de agujeros de gusano que vinculan partículas entrelazadas para organizar el cosmos a gran escala. Las grandes agrupaciones del universo, como las galaxias masivas, se forman cuando estas redes cuánticas se cruzan entre sí, configurando nodos cósmicos que se van dividiendo en varios niveles escalares. Un nodo cósmico es una estructura fractal con una singularidad espaciotemporal en su centro que provee la conectividad para transferir, no solo energía, sino también información de unos nodos a otros simultáneamente por medio del entrelazamiento. Los estados cuánticos de todas las singularidades del universo crean una red entrelazada por agujeros de gusano que converge y diverge en innumerables centros. La información entrelazada de esta red cuántica unifica el espacio-tiempo dentro de un enorme campo holográfico en forma de toroide. Ello implica que los nodos cósmicos se conecten entre sí de manera no local, del mismo modo que en un holograma cada parte de la imagen se entrelaza con todas las demás. Y, presumiblemente, esa información entrelazada de la estructura del espacio-tiempo estaría recogida en el horizonte de sucesos de la esfera generada en torno a la singularidad inicial del Big Bang, de manera similar a la superficie que separa un agujero negro de su entorno. Lo que significaría que todo nuestro universo es un salto abrupto de una singularidad que podría haberse originado dentro de un inmenso agujero negro que estaría, a su vez, dentro de otro universo semejante de mayores dimensiones, que a su vez estaría dentro de otro, como en los fractales. Por consiguiente, el universo explicado que vemos (galaxias, estrellas, planetas, átomos, partículas subatómicas…) es en realidad el despliegue de la información codificada en un universo implicado más allá del espacio y del tiempo, cuyas redes entrelazadas conservan la información de ese todo en cada región espaciotemporal, formando una especie de holograma unitario.

       El sistema de redes del universo es un sistema sincrónico de correspondencia, o analogía, que hace posible los fenómenos de auto-organización de los sistemas complejos. La perfecta simetría y la proporción armónica son expresiones de dicha analogía, y sirven de guía para crear todo lo que existe, el espacio-tiempo, los campos y las partículas. Los sistemas caóticos evolucionan hacia estas proporciones recursivas, lo que permite que exista simetría o proporcionalidad entre las cosas, generando una conexión geométrica de proporciones que vinculan todos los niveles jerárquicos del espacio y del tiempo fractal, desde el microcosmos al macrocosmos. La relación holográfica entre los objetos de un nivel con otro está condicionada por límites proporcionales en base a phi (1,618). Es por ende permisible suponer que el número phi, que encontramos en la proporción áurea y la serie de Fibonacci, funcione como una constante cosmológica, ya que es tan ubicua que parece ser una propiedad intrínseca en la topología del espacio-tiempo. Al ser una dimensión no entera, el número phi parece indicar la frontera límite que marca la distancia entre los diferentes niveles de organización del cosmos.
       El espacio-tiempo es un sistema fractal auto-organizado por bucles que se acoplan en muchas escalas jerárquicas. Se puede concebir como un despliegue de los arquetipos numéricos y geométricos del campo universal manifestados en todos los niveles fractales del universo. Esta estructura fractal del espacio y del tiempo posibilita la transferencia de energía e información dentro de los sistemas complejos. Mediante la autosemejanza, ese espacio-tiempo fractal, basado en el supuesto valor phi, guía las bifurcaciones y sus propiedades emergentes, enlazando sus elementos como un todo. Son iteraciones recursivas capaces de producir estructuras autosimilares a través de la resonancia cuántica. Hay numerosos ejemplos en la Naturaleza de sistemas en forma de fractales, sucesiones de Fibonacci, proporciones áureas… que siguen una y otra vez el número phi y que dan lugar a formas muy bellas. Por ejemplo, en la naturaleza la proporción definida por el número phi se itera continuamente en estructuras orgánicas, como en el ADN, en los virus, en las semillas de los girasoles y margaritas, en el grosor de las ramas de los árboles, en los nervios de las hojas y en su disposición a lo largo del tallo, en las flores y los frutos, en las conchas de los moluscos, en galaxias, etc., etc., lo cual indica que la estructura del espacio-tiempo parece basarse en este patrón recursivo de autosimilitud. Esta idea de que el espacio-tiempo es fractal se originó con el matemático Garnet Ord, y de modo independiente el astrofísico Laurent Nottale propuso el principio de relatividad de escala en un espacio-tiempo fractal. Pero Mohamed El Naschie es quien más ha profundizado en una teoría coherente del espacio-tiempo fractal. Junto a estas investigaciones existen otras dirigidas por el Dr. Jan Boeyens, de la Universidad de Pretoria, y Francis Thackeray, de la Universidad de Witwatersrand, que dicen que el espacio-tiempo está sujeto a la proporción áurea, como muchas formas de la naturaleza. De acuerdo con ellos, la proporción áurea es tan ubicua que se puede usar para integrar la relatividad general y la teoría cuántica en una teoría unificada.

       La geometría fractal de la naturaleza apoya la apreciación holográfica del universo, ya que el concepto de autosimilitud de la sección áurea y el entrelazamiento son equivalentes, pues ambos se relacionan con la propiedad de la unicidad: la sección áurea armoniza dos segmentos al igual que el entrelazamiento hace concordar dos estados. La autosimilitud es la manifestación del patrón regulador del campo unificado, que se expresa de acuerdo a la proporción áurea, detrás de la cual se esconde la serie de Fibonacci, que establece la relación inteligible entre los fenómenos y las cosas materiales como expresión del entrelazamiento. La proporción áurea gobierna nuestro universo bajo un patrón simétrico afín a los conceptos de recursividad o autosemejanza de la geometría fractal. Precisamente, el entrelazamiento o proporción áurea del campo holográfico es el generador que dicta los parámetros bajo los cuales se configura la estructura fractal de la naturaleza. El universo perceptible podría imaginarse como una fractalización del entrelazamiento a lo largo de los niveles de energía del campo holográfico, ya que los fractales naturales son la manifestación de las rupturas de simetría de la no localidad a lo largo de su despliegue. Esas rupturas de simetría son producto del colapso de sus ondas de probabilidad por el efecto gravitacional a nivel cuántico. Todas las posibilidades cuánticas existen en un momento determinado y tienen su propio campo gravitatorio. Como se requiere mucha energía para mantenerlas a todas, al final colapsan en una única posibilidad, el estado más estable, que experimentamos como nuestra realidad perceptible. En su proceso las rupturas de simetría provocan catástrofes (bifurcaciones), que llevan al desorden o a un nuevo orden más estable y equilibrado. Los sistemas complejos evolucionan hacia la estabilidad de nuevos atractores, cuya razón es un número irracional cercano a la proporción áurea. El nuevo orden se mantiene en sincronía siempre con la totalidad, con la pregnancia de la buena forma. Ese nuevo orden es un salto abrupto entre una situación de equilibrio a otro, por el cual la naturaleza alcanza la más sublime belleza”.

Fragmento extractado de los Principios de Estética Holofractal. Los contenidos de este blog están inscritos en el Registro General de la Propiedad Intelectual. No se permite la reproducción de los mismos sin el permiso previo del autor.